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martes, 5 de mayo de 2015

El coche de radiocontrol

De camino al entrenamiento, dos veces por semana, ando varios cientos metros de una calle ancha, de espaciosas aceras ajardinadas, ubicada en una zona residencial. Son aceras concurridas a esa hora de la tarde: jubilados de paseo o sentados en los bancos, familias aprovechando las últimas horas de sol del día, grupos de chavales tonteando, corredores solitarios o en grupo mirando constantemente sus relojes de pulsera.
Pero os quiero hablar de una persona en concreto.
Es un niño: tendrá unos 10 años aproximadamente. No sé qué clase de discapacidad le obliga a estar en una silla de ruedas, pero debe tratarse de algún tipo de parálisis cerebral. Desconozco mucho ese mundo como para hacer un diagnóstico a simple vista.
Lo veo de vez en cuando, acompañado de la que supongo es su madre, jugando con un coche de radiocontrol. No puedo observarlo demasiado rato. Es descorazonador. Tan aleatoriamente injusto que un nudo de impotencia atora mi garganta y empaña mis ojos.
No sé que grado de consciencia hay detrás de esa vista perdida y esa mandíbula entreabierta y desencajada. No sé si los errantes movimientos del coche le hacen añorar la movilidad de la que carece o si, por el contrario, en su imaginación conduce ese coche con el que gana campeonatos viajando alrededor del mundo.

Hay una simple verdad que, en nuestro egoísmo, solemos olvidar: somos tan privilegiados que la ambición nos ciega y dejamos de recordar que el hecho de estar aquí ya es todo un triunfo.


Saludos

martes, 7 de enero de 2014

Reflexiones de un tío solitario (Relato)

17. Yo estaba al otro lado de la calle y pude contarlos perfectamente: 17 besos, contando por beso cada vez que separaban sus labios. Uno tras otro hasta llegar a 17, y sin motivo alguno: no se encontraban, no se despedían; simplemente se pararon en mitad de la calle a besarse, sin preocuparse de a quién podían molestar o estorbar.
Y no lo digo porque a mí me molestase, aunque cualquiera aceptaría que tengo razones para ello. Uno está sólo y no tiene porqué soportar ostentaciones de ese tipo, hay otros sitios dónde podrían hacerlo. ¿Qué pasaría si yo fuese caminando por esa acera cargado con bolsas de la compra? Tendría que esquivarlos simplemente porque, al demostrarse su supuesto amor, no piensan para nada en los demás. El egoísmo de la gente no deja de sorprenderme.
Uno ve estás cosas y se va a casa indignado: ese derroche de felicidad, prácticamente un teatrillo público, ¿es qué no tienen preocupaciones?
Seguro que tienen una vida acomodada, con muchos amigos tan guays como ellos y una familia estupenda que bendice su relación. Esta gente no sabe lo que es la vida de verdad tan alejados de la realidad como están.
¿Y todo para qué? Criarán hijos tan alelados como ellos, con vidas tan despreocupadas como las suyas, dentro de sus burbujas de felicidad.
No comprenden que la vida es un mar de lágrimas, siempre trabajando para seguir adelante, intentando no apegarte a nadie para que no te deje en la cuneta, sobrevivir al día a día y poco más.
¿Pero sabes? Ya les pasará algo. El drama nos alcanza a todos. Yo lo tengo ya asimilado, así que no me pillará por sorpresa; pero ellos, ellos sufrirán, no lo dudo. Entonces me gustaría estar ahí para preguntarles de qué les valdrían en ese momento los 17 besos que se dieron aquella vez en aquella acera. Cómo me reiría. Seguro que ni se acordarían de lo que les hablo.
Aunque capaces serían de decirme que entonces, cuando los 17 besos, eran felices. Ahí volvería a reírme. ¿Felicidad? ¡Qué pringados! ¿No saben que eso no dura para siempre? ¿De qué les habría valido ser felices para terminar sufriendo igualmente?
Si más gente me escuchase les explicaría la verdad de la vida a más de uno...



Saludos

lunes, 15 de marzo de 2010

Los riesgos del deporte

Caminaba de camino a la parada de autobús del Parque. El mismo camino cada día volviendo de la facultad. Bajaba por la calle de la Victoria por la acera derecha dirección plaza de la Merced. Para los que no conozcan la calle (por extensión: los que no conozcan Málaga) diré que en los puntos más anchos tiene una hilera de árboles, cuyos parterres están separados unos cinco metros uno de otro, pemitiendo en ese intervalo de separación el que quepan cuatro personas en paralelo. En términos de movimiento uniformemente acelerado, es decir, andando, ese número se reduce a tres. Sin embargo, el tramo en el que ocurre esta historia la anchura de la acera no permite la estancia de más de dos personas.
El caso es que de un portal a unos cuatro zancadas de distancia de mi persona aparece desde un portal, plena de energía, una joven rubia, alta, espigada, vestida en chándal que permanece a la espera de otra persona mientras hace ese movimiento como de correr parado. Su acompañante, un joven moreno, algo más bajo que ella y mucho menos enérgico no la hace esperar más de unos pocos segundos. Intercambian unas palabras y, permitiéndome leer sus labios con claridad, ella dice "A correr", dando una palmada y poniéndose a ello. Él, ciertamente sorprendido, arranca tras ella como media a media zancada de retardo.
La manera de correr de ella me recordó a Rachel y Phoebe en ese capítulo de Friends, pero sin esa sobreactuación y exageración cómica. Y como seguía algo delante de él, para mantener una conversación tenía que girar su cabeza mirando por encima de su hombro, perdiendo como consecuencia referencias visuales frontales.
En estas estaban que sale delante de ellos un tipo de una tienda. Como ella intentaba hablar con su compañero de marcha, cuando quiso mirar hacia la dirección de su carrera se encontró de bruces con la espalda del tipo, sin tiempo suficiente como para pararse, pero con el hiato justo como para frenar y no arrollarlo, aunque insuficiente como para evitar cierto contacto.
El tipo, asombrado y , si me hubiese ocurrido a mí, interesado, se giró con la única intención de averiguar quién había chocado contra el de manera tan inesperada.
Los dos corredores, supongo que tras disculparse, reanudaron la conversación; en esta ocasión simplemente paseando, y , por lo que pude deducir por los gestos de él, decidiendo (en una inteligente medida) comenzar su ejercicio físico una vez alcanzado el túnel de la Alcazaba.

Saludos