Hay quien, estando en tu vida largo tiempo, de una manera u otra pasa sin pena ni gloria, un surco en la arena barrido por una ola. Por mucho que lo intentes no podrías recordar nada sobre esa persona, ni el más leve enlace entre ella y tú que haga despertar una sonrisa por su recuerdo.
Aunque, por supuesto, una sonrisa es algo demasiado ambicioso como para que cualquiera pueda provocarla por su recuerdo. Y, en este caso, hasta un mísero alzamiento de cejas quedaría lejos de lo que mucha gente podría conseguir.
Por el contrario hay otras personas, indudablemente especiales, de las que recuerdas cada momento pasado a su lado. No me refiero a historias vagamente relatadas y modificadas progresivamente a lo largo de los años; me refiero a pequeños detalles tan vividos que, al rememorarlos, alteran nuestro ritmo cardiaco tal y como lo hicieron en su momento.
De estas personas nos encontramos pocas, y bastan un puñado de ratos junto a ellas para saber todo el tiempo que quieres dedicarles en el futuro, aunque este sea tan incierto que no sabes si tus buenas intenciones (y con suerte también las suyas) llegarán a materializarse.
Hago lo que puedo por no perder a quien, sin duda, pertenece al segundo grupo.
Acertadas o no, hago cosas; no puedo simplemente esperar, no quiero simplemente esperar.
Y así, esperando lo mejor, estando preparado para lo peor, dedico parte de mi tiempo a quien se pasea por mi mente como lo que en parte ya es, su casa; con la temerosa esperanza de que sea algo recíproco.
Y entre la pléyade de detalles, el que más altera mis latidos es un etílico apretón de manos bajo la mesa.
Saludos
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sábado, 24 de enero de 2015
jueves, 12 de diciembre de 2013
Aromas (Relato)
Tras pasar una temporada fuera de casa, Andrés volvió al hogar familiar con esa sensación ambigua del que regresa sin haberlo planeado: no podría decir que fuese malo el volver a casa, pero preferiría tener una casa propia a la que volver.
Para terminar de enturbiar sus sentimientos, algo más ocurrió, algo de lo que no se percató en un primer momento pero que, tras darse cuenta de ello, no dejó de torturarle: su casa no olía a su casa.
Ese particular aroma de cada casa, compuesto en una proporción incalculable por las personas que allí viven y sus vivencias, ya no era el mismo que el día de su marcha. Algo había cambiado y, a pesar de que percibía matices familiares (nunca mejor dicho), el olor en su conjunto era tan extraño como el de otra casa cualquiera.
Andrés buscó la respuesta por toda la casa: comprobó los perfumes y colonias de sus padres, los jabones y champús en los cuartos de baño, todos los ambientadores y los productos de limpieza; pero no podía asegurar que el cambio saliese de alguna de esa cosas. No tenía una total certeza de que la lista de la compra hubiese cambiado de marca en cualquiera de esas cosas o, en una vuelta de tuerca maquiavélica, que alguna de esas marcas hubiese cambiado la fragancia de sus productos.
Ese contexto de incertidumbres corrompía sus ideas, haciendo que se preguntase por qué algo que llevaba toda su vida ahí, como era el olor de su casa, de buenas a primeras había cambiado sin una explicación cierta.
Hasta que no encontró un nuevo acomodo, una casa propia en la que construir su propio aroma, no volvió a sentirse totalmente cómodo en lo que había sido por tantos años su hogar.
Lo que Andrés nunca llegó a comprender es que, en un mundo compuesto por sutilezas, el más leve cambio interior hace que cualquier aparente cambio exterior cobre una magnitud exagerada.
Saludos
Para terminar de enturbiar sus sentimientos, algo más ocurrió, algo de lo que no se percató en un primer momento pero que, tras darse cuenta de ello, no dejó de torturarle: su casa no olía a su casa.
Ese particular aroma de cada casa, compuesto en una proporción incalculable por las personas que allí viven y sus vivencias, ya no era el mismo que el día de su marcha. Algo había cambiado y, a pesar de que percibía matices familiares (nunca mejor dicho), el olor en su conjunto era tan extraño como el de otra casa cualquiera.
Andrés buscó la respuesta por toda la casa: comprobó los perfumes y colonias de sus padres, los jabones y champús en los cuartos de baño, todos los ambientadores y los productos de limpieza; pero no podía asegurar que el cambio saliese de alguna de esa cosas. No tenía una total certeza de que la lista de la compra hubiese cambiado de marca en cualquiera de esas cosas o, en una vuelta de tuerca maquiavélica, que alguna de esas marcas hubiese cambiado la fragancia de sus productos.
Ese contexto de incertidumbres corrompía sus ideas, haciendo que se preguntase por qué algo que llevaba toda su vida ahí, como era el olor de su casa, de buenas a primeras había cambiado sin una explicación cierta.
Hasta que no encontró un nuevo acomodo, una casa propia en la que construir su propio aroma, no volvió a sentirse totalmente cómodo en lo que había sido por tantos años su hogar.
Lo que Andrés nunca llegó a comprender es que, en un mundo compuesto por sutilezas, el más leve cambio interior hace que cualquier aparente cambio exterior cobre una magnitud exagerada.
Saludos
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Graznido: No se es más independiente...
No se es más independiente por añorar menos tu casa.
Referencias:
añorar,
casa,
graznido,
independiente
jueves, 7 de febrero de 2013
Lluvia de domingo
Paseas bajo la lluvia sin prisa, recreándote en cada paso, en cada gota que golpea en el cristal de tus gafas, en cada canción que te acompaña en tu solitario camino.
Reconoces la canción en cuanto sus primeros acordes se empiezan a escuchar a través de tus auriculares. Oyes ¡Buenos días! ¿Por qué no abrirse al mundo y mirar? y una sonrisa brota exhalando toda la alegría que un día gris y lluvioso no ha conseguido robarte.
Ahora estás menos sólo y, efectivamente, el viento trae ecos de césped recién cortado.
Y aunque el sol de sábado todavía no ha llegado, ni el cielo sea tan azul y tan claro, por vez primera, comienzas a sentirte como en casa.
Saludos.
Especial dedicación a aquellos que, a miles de kilómetros, se preguntarán que tal me van las cosas.
Reconoces la canción en cuanto sus primeros acordes se empiezan a escuchar a través de tus auriculares. Oyes ¡Buenos días! ¿Por qué no abrirse al mundo y mirar? y una sonrisa brota exhalando toda la alegría que un día gris y lluvioso no ha conseguido robarte.
Ahora estás menos sólo y, efectivamente, el viento trae ecos de césped recién cortado.
Y aunque el sol de sábado todavía no ha llegado, ni el cielo sea tan azul y tan claro, por vez primera, comienzas a sentirte como en casa.
Saludos.
Especial dedicación a aquellos que, a miles de kilómetros, se preguntarán que tal me van las cosas.
lunes, 12 de noviembre de 2012
Atardecer (Relato)
-Desde aquí se disfrutan unos atardeceres preciosos.
La casa, construida hacía varios años en lo alto de una colina, tenía unas privilegiadas vistas al mar y, efectivamente, los atardeceres que desde allí se podían observar eran dignos de ser vistos.
Sin embargo, el asunto dentro de la casa estaba mal de veras.
El propietario, un promotor inmobiliario abocado a la bancarrota, necesitaba vender urgentemente la casa que se había construido para su disfrute y retiro, cuando este llegase. Había dedicado a este, su proyecto personal, más tiempo que a cualquier lucrativo negocio. Se imaginaba a sí mismo, en un futuro lejano, viviendo en esa casa con su familia y compartiendo su vida en ella con una mujer en concreto.
Esa mujer en concreto, y aquí viene lo triste, es la misma a la que le estaba ofreciendo su casa. A ella y a su prometido, para ser más exactos.
A pesar de que se conocían desde hace años, tantos como duraba su amistad, y a que en ciertos momentos habían tenido acercamientos más o menos serios según la situación, nunca habían concretado su relación, dejándola por mero conformismo, en una sana amistad.
Pero, al igual que ocurre cuando a un niño le quitas un juguete, cuando vio que su relación iba en serio y que, finalmente, ella terminaba comprometiéndose, los sentimientos que permanecían aletargados cobraron viveza demasiado tarde.
Quizá en parte por eso, por su frustración personal, sus negocios comenzaron a ir de mal en peor, acabando por tener que malvender su futuro para intentar mantener su presente.
Ahora se encuentra ofreciendo la realización de parte de sus sueños a la parte no realizada de ese mismo sueño y su prometido. Doloroso renovado amor.
-Os dejo que lo penséis con calma. Yo tengo que irme, ya me devolveréis las llaves. En serio, no os vayáis de aquí sin haber visto el atardecer.
No podía aguantar más allí, viendo el sol bajar en el horizonte reflejándose en los ojos de ella mientras apoyaba su cabeza en el hombro de su prometido, que la abraza cariñoso.
Conduciendo colina abajo no puede borrar de su cabeza la imagen de la pareja, recortada al trasluz de los destellos naranja del crepúsculo del sol, mientras él cerraba la puerta de sus sueños.
Saludos
La casa, construida hacía varios años en lo alto de una colina, tenía unas privilegiadas vistas al mar y, efectivamente, los atardeceres que desde allí se podían observar eran dignos de ser vistos.
Sin embargo, el asunto dentro de la casa estaba mal de veras.
El propietario, un promotor inmobiliario abocado a la bancarrota, necesitaba vender urgentemente la casa que se había construido para su disfrute y retiro, cuando este llegase. Había dedicado a este, su proyecto personal, más tiempo que a cualquier lucrativo negocio. Se imaginaba a sí mismo, en un futuro lejano, viviendo en esa casa con su familia y compartiendo su vida en ella con una mujer en concreto.
Esa mujer en concreto, y aquí viene lo triste, es la misma a la que le estaba ofreciendo su casa. A ella y a su prometido, para ser más exactos.
A pesar de que se conocían desde hace años, tantos como duraba su amistad, y a que en ciertos momentos habían tenido acercamientos más o menos serios según la situación, nunca habían concretado su relación, dejándola por mero conformismo, en una sana amistad.
Pero, al igual que ocurre cuando a un niño le quitas un juguete, cuando vio que su relación iba en serio y que, finalmente, ella terminaba comprometiéndose, los sentimientos que permanecían aletargados cobraron viveza demasiado tarde.
Quizá en parte por eso, por su frustración personal, sus negocios comenzaron a ir de mal en peor, acabando por tener que malvender su futuro para intentar mantener su presente.
Ahora se encuentra ofreciendo la realización de parte de sus sueños a la parte no realizada de ese mismo sueño y su prometido. Doloroso renovado amor.
-Os dejo que lo penséis con calma. Yo tengo que irme, ya me devolveréis las llaves. En serio, no os vayáis de aquí sin haber visto el atardecer.
No podía aguantar más allí, viendo el sol bajar en el horizonte reflejándose en los ojos de ella mientras apoyaba su cabeza en el hombro de su prometido, que la abraza cariñoso.
Conduciendo colina abajo no puede borrar de su cabeza la imagen de la pareja, recortada al trasluz de los destellos naranja del crepúsculo del sol, mientras él cerraba la puerta de sus sueños.
Saludos
martes, 16 de octubre de 2012
Ovejas
Uno de esos días en los que la bilis se acumula en la boca...
Observo a la gente moviéndose con prisa hacia sitios sin importancia para hacer cosas sin importancia.
Descubro la mal disimulada estupidez en cada comportamiento.
Esquivo a los transeúntes asqueado de estar aquí y ahora.
Casi deseando que algo encienda la mecha y explote.
Creyéndonos semidioses en un mundo de animales. Nada más que ovejas.
Tras terminar encargos ajenos y tareas propias, me encuentro moviéndome con prisa para llegar a casa y aislarme. Mi sitio sin importancia. Mi cosa sin importancia.
Saludos
Observo a la gente moviéndose con prisa hacia sitios sin importancia para hacer cosas sin importancia.
Descubro la mal disimulada estupidez en cada comportamiento.
Esquivo a los transeúntes asqueado de estar aquí y ahora.
Casi deseando que algo encienda la mecha y explote.
Creyéndonos semidioses en un mundo de animales. Nada más que ovejas.
Tras terminar encargos ajenos y tareas propias, me encuentro moviéndome con prisa para llegar a casa y aislarme. Mi sitio sin importancia. Mi cosa sin importancia.
Saludos
jueves, 8 de septiembre de 2011
Orillas (Relato)
Sus solitarios pasos resuenan en la calle sólo ahogados por los pocos coches que, a estas horas de la madrugada, se dirigen a destinos desconocidos.
La manos en los bolsillos, la cabeza gacha y una estela de pesadumbre tras de sí. La viva imagen de la desolación, si es que a un cuerpo con el alma destrozada se le puede considerar vivo.
Su vida ha cambiado tanto de un tiempo hacia acá que únicamente su bien amueblada cabeza le ha permitido mantener la lucidez y ordenar, casi desde cero, su futuro más inmediato.
Camina hacia el sitio que siempre le transmite serenidad. Un sitio que, por cercanía, siempre ha considerado parte de su casa.
Por la noche el mar une su oscura inmensidad con la del cielo. Hasta la orilla ha llegado el protagonista de esta historia (la historia de su vida), que se sienta sobre la húmeda arena sin importarle mojar su ropa.
Es consciente de la antítesis: algo tan cambiante y en continuo movimiento como el mar es su punto de anclaje, el pilar que siempre ha formado parte de su existencia porque siempre ha estado ahí.
Incluso él, como cualquier persona lúcida en una situación desesperada, ha pensado en abandonar, rendirse. Dejar de luchar y permitir que la corriente de los acontecimientos lo arrastre a cualquier orilla. Orilla como en la que está sentado. Pero no. Sabe perfectamente a dónde quiere llegar: ya ha elegido en qué orilla quiere desembarcar y sabe que sólo con su esfuerzo y con pasos seguros, aunque en ocasiones dolorosos, podrá llegar allí donde desea.
Absorbe la calma que desprende el mar y el sonido de las olas. Olas que, igual que arrastran piedras y conchas, se llevan consigo toda la maraña de pensamientos que enturbiaban esta noche su mente.
Es hora de volver a casa. Un sueño reparador será el epílogo de este mal día y, a su vez, el prólogo de un nuevo día en el que seguir escribiendo su propia vida...
Saludos
Especial dedicación a todos aquellos que estuviesen esperando algo nuevo.
La manos en los bolsillos, la cabeza gacha y una estela de pesadumbre tras de sí. La viva imagen de la desolación, si es que a un cuerpo con el alma destrozada se le puede considerar vivo.
Su vida ha cambiado tanto de un tiempo hacia acá que únicamente su bien amueblada cabeza le ha permitido mantener la lucidez y ordenar, casi desde cero, su futuro más inmediato.
Camina hacia el sitio que siempre le transmite serenidad. Un sitio que, por cercanía, siempre ha considerado parte de su casa.
Por la noche el mar une su oscura inmensidad con la del cielo. Hasta la orilla ha llegado el protagonista de esta historia (la historia de su vida), que se sienta sobre la húmeda arena sin importarle mojar su ropa.
Es consciente de la antítesis: algo tan cambiante y en continuo movimiento como el mar es su punto de anclaje, el pilar que siempre ha formado parte de su existencia porque siempre ha estado ahí.
Incluso él, como cualquier persona lúcida en una situación desesperada, ha pensado en abandonar, rendirse. Dejar de luchar y permitir que la corriente de los acontecimientos lo arrastre a cualquier orilla. Orilla como en la que está sentado. Pero no. Sabe perfectamente a dónde quiere llegar: ya ha elegido en qué orilla quiere desembarcar y sabe que sólo con su esfuerzo y con pasos seguros, aunque en ocasiones dolorosos, podrá llegar allí donde desea.
Absorbe la calma que desprende el mar y el sonido de las olas. Olas que, igual que arrastran piedras y conchas, se llevan consigo toda la maraña de pensamientos que enturbiaban esta noche su mente.
Es hora de volver a casa. Un sueño reparador será el epílogo de este mal día y, a su vez, el prólogo de un nuevo día en el que seguir escribiendo su propia vida...
Saludos
Especial dedicación a todos aquellos que estuviesen esperando algo nuevo.
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