Se rompe el silencio por el estruendo que producen bombas y excavadoras.
El cantante que salta al escenario a hacerse un bis mientras el público ruge al escuchar las primeras notas de una canción inmensamente conocida.
Su voz susurrando en tu oído hace que se enciendan cada una de tus células mientras tú, todo latidos y sudor, te agarras al colchón porque crees ser liviano y poder volar.
Despedidas que podrían alargarse hasta convertirse en reencuentros.
Viaje con hotel y sin prisas.
Todas las palabras que sueltas, las historias que cuentas, no tienen billete de vuelta. Se desplazan y colonizan mentes ajenas, dejando un vacío en la tuya.
Una caverna que se llena con cada gota que se filtra a través de la roca.
Caminar por un paisaje desolado en vez de tratar de crear un vergel a base de esfuerzo.
Las fotos en la pared varían conforme la gente que en ellas aparecen van entrando y saliendo de tu vida.
Nunca las palabras de alguien te harán ganar suficiente confianza contra un terror primario e irracional.
Pero sí que una mano agarrando con fuerza la tuya te llevará allí a donde queráis llegar.
Saludos
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lunes, 10 de agosto de 2015
sábado, 24 de enero de 2015
Vivido
Hay quien, estando en tu vida largo tiempo, de una manera u otra pasa sin pena ni gloria, un surco en la arena barrido por una ola. Por mucho que lo intentes no podrías recordar nada sobre esa persona, ni el más leve enlace entre ella y tú que haga despertar una sonrisa por su recuerdo.
Aunque, por supuesto, una sonrisa es algo demasiado ambicioso como para que cualquiera pueda provocarla por su recuerdo. Y, en este caso, hasta un mísero alzamiento de cejas quedaría lejos de lo que mucha gente podría conseguir.
Por el contrario hay otras personas, indudablemente especiales, de las que recuerdas cada momento pasado a su lado. No me refiero a historias vagamente relatadas y modificadas progresivamente a lo largo de los años; me refiero a pequeños detalles tan vividos que, al rememorarlos, alteran nuestro ritmo cardiaco tal y como lo hicieron en su momento.
De estas personas nos encontramos pocas, y bastan un puñado de ratos junto a ellas para saber todo el tiempo que quieres dedicarles en el futuro, aunque este sea tan incierto que no sabes si tus buenas intenciones (y con suerte también las suyas) llegarán a materializarse.
Hago lo que puedo por no perder a quien, sin duda, pertenece al segundo grupo.
Acertadas o no, hago cosas; no puedo simplemente esperar, no quiero simplemente esperar.
Y así, esperando lo mejor, estando preparado para lo peor, dedico parte de mi tiempo a quien se pasea por mi mente como lo que en parte ya es, su casa; con la temerosa esperanza de que sea algo recíproco.
Y entre la pléyade de detalles, el que más altera mis latidos es un etílico apretón de manos bajo la mesa.
Saludos
Aunque, por supuesto, una sonrisa es algo demasiado ambicioso como para que cualquiera pueda provocarla por su recuerdo. Y, en este caso, hasta un mísero alzamiento de cejas quedaría lejos de lo que mucha gente podría conseguir.
Por el contrario hay otras personas, indudablemente especiales, de las que recuerdas cada momento pasado a su lado. No me refiero a historias vagamente relatadas y modificadas progresivamente a lo largo de los años; me refiero a pequeños detalles tan vividos que, al rememorarlos, alteran nuestro ritmo cardiaco tal y como lo hicieron en su momento.
De estas personas nos encontramos pocas, y bastan un puñado de ratos junto a ellas para saber todo el tiempo que quieres dedicarles en el futuro, aunque este sea tan incierto que no sabes si tus buenas intenciones (y con suerte también las suyas) llegarán a materializarse.
Hago lo que puedo por no perder a quien, sin duda, pertenece al segundo grupo.
Acertadas o no, hago cosas; no puedo simplemente esperar, no quiero simplemente esperar.
Y así, esperando lo mejor, estando preparado para lo peor, dedico parte de mi tiempo a quien se pasea por mi mente como lo que en parte ya es, su casa; con la temerosa esperanza de que sea algo recíproco.
Y entre la pléyade de detalles, el que más altera mis latidos es un etílico apretón de manos bajo la mesa.
Saludos
domingo, 1 de junio de 2014
La hoguera (Relato)
Hace frío en la oscuridad. El gélido viento te golpea como si transportase esquirlas de hielos glaciares; y su huracanado siseo te recuerda a cada momento lo desamparado que estás, lo débil e indefenso que te encuentras ahí, esperando que alguien te encuentre y te tienda su mano.
Pero, como si de un pueblo fantasma se tratase, las únicas manos que hay en los alrededores son las tuyas, así que ya va siendo hora de usarlas en algo productivo.
No importa cómo, si con el esfuerzo de frotar incansablemente dos palos, o usando el mechero que, por si acaso, siempre llevas en el bolsillo, pero una hoguera arde frente a ti.
La oscuridad se ha disipado y el frío ha quedado en un ligero entumecimiento de tus articulaciones que, calculas, en poco rato también desaparecerá. Incluso empiezas a sentirte menos solo, menos triste: la danzarina llama te embelesa y entretiene mientras el crepitar de la madera al arder te trae ecos de viejas voces conocidas que ya creías haber olvidado.
Todo irá bien mientras esté junto a la hoguera. Esa idea te ilusiona y da esperanza. No importa lo que venga mañana, ni siquiera si el mañana viene o no: la hoguera sería bastante, más que suficiente para aguantar toda una vida.
Pero la llama empieza a apagarse conforme la madera se consume. Cada vez menos brillante, a cada momento menos cálida. Y tú no quieres volver al frío y a la oscuridad, no es justo, no te lo mereces; así que empiezas a echar en la hoguera todo lo que tienes a mano, incluso aquellas cosas que nunca pensabas que, llegado el momento, sacrificarías. Porque la hoguera se ha convertido en lo más importante que tienes, en lo más importante nunca tendrás. Y esa hoguera, antes angelical y salvadora, ahora se ha convertido en un monstruo que todo lo consume, que nunca se sacia y que, indefectiblemente, te terminará abandonando.
Acurrucado, abrazado a tus propias piernas, ves como los últimos rescoldos agotan su rojiza existencia. Cenizas negras es todo lo que queda, hasta que el viento, que ahora vuelves a sentir, las esparce por doquier.
Saludos
Pero, como si de un pueblo fantasma se tratase, las únicas manos que hay en los alrededores son las tuyas, así que ya va siendo hora de usarlas en algo productivo.
No importa cómo, si con el esfuerzo de frotar incansablemente dos palos, o usando el mechero que, por si acaso, siempre llevas en el bolsillo, pero una hoguera arde frente a ti.
La oscuridad se ha disipado y el frío ha quedado en un ligero entumecimiento de tus articulaciones que, calculas, en poco rato también desaparecerá. Incluso empiezas a sentirte menos solo, menos triste: la danzarina llama te embelesa y entretiene mientras el crepitar de la madera al arder te trae ecos de viejas voces conocidas que ya creías haber olvidado.
Todo irá bien mientras esté junto a la hoguera. Esa idea te ilusiona y da esperanza. No importa lo que venga mañana, ni siquiera si el mañana viene o no: la hoguera sería bastante, más que suficiente para aguantar toda una vida.
Pero la llama empieza a apagarse conforme la madera se consume. Cada vez menos brillante, a cada momento menos cálida. Y tú no quieres volver al frío y a la oscuridad, no es justo, no te lo mereces; así que empiezas a echar en la hoguera todo lo que tienes a mano, incluso aquellas cosas que nunca pensabas que, llegado el momento, sacrificarías. Porque la hoguera se ha convertido en lo más importante que tienes, en lo más importante nunca tendrás. Y esa hoguera, antes angelical y salvadora, ahora se ha convertido en un monstruo que todo lo consume, que nunca se sacia y que, indefectiblemente, te terminará abandonando.
Acurrucado, abrazado a tus propias piernas, ves como los últimos rescoldos agotan su rojiza existencia. Cenizas negras es todo lo que queda, hasta que el viento, que ahora vuelves a sentir, las esparce por doquier.
Saludos
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