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lunes, 10 de agosto de 2015

Oración 15

Se rompe el silencio por el estruendo que producen bombas y excavadoras.
El cantante que salta al escenario a hacerse un bis mientras el público ruge al escuchar las primeras notas de una canción inmensamente conocida.
Su voz susurrando en tu oído hace que se enciendan cada una de tus células mientras tú, todo latidos y sudor, te agarras al colchón porque crees ser liviano y poder volar.
Despedidas que podrían alargarse hasta convertirse en reencuentros.
Viaje con hotel y sin prisas.
Todas las palabras que sueltas, las historias que cuentas, no tienen billete de vuelta. Se desplazan y colonizan mentes ajenas, dejando un vacío en la tuya.
Una caverna que se llena con cada gota que se filtra a través de la roca.
Caminar por un paisaje desolado en vez de tratar de crear un vergel a base de esfuerzo.
Las fotos en la pared varían conforme la gente que en ellas aparecen van entrando y saliendo de tu vida.
Nunca las palabras de alguien te harán ganar suficiente confianza contra un terror primario e irracional.
Pero sí que una mano agarrando con fuerza la tuya te llevará allí a donde queráis llegar.


Saludos

domingo, 8 de marzo de 2015

El último texto

Si este fuera mi último texto no os daríais cuenta. No habría nada especial, ni agradecimientos ni despedidas. Ninguna palabra grandilocuente, ningún discurso de retirada. Escribiría algo sobre la constante soledad, algo violento con sangre y fuego, alguna historia de amores (no) correspondidos o de ilusiones deshechas, un puñado de frases surrealistas arrancadas como jirones de otra realidad. Sería algo habitual, típico: mis lugares comunes.
Si este fuera mi último texto habría algún mensaje cifrado que, quizá, solo tú pudieras desentrañar, porque nadie más dio muestras de tener una mente inquieta. Tú serías la inspiración, la causa y la destinataria de ese mensaje, un ente superior al que dirigir unas últimas plegarias aunque estas se perdiesen como una letanía murmurada en una lengua muerta.
Si este fuera mi último texto terminaría como cualquiera de los otros, con un despedida neutra, una solo palabra que no causase impacto ni perdurase en el recuerdo. Simplemente desaparecer en el horizonte de lo común. Otro escritor fracasado.


Saludos

martes, 15 de julio de 2014

El andén (Relato)

Como si de la típica película romántica se tratase, la acompañé a la estación de autobuses para allí despedirnos.
A pesar de que nuestra separación tenía una fecha de caducidad, las despedidas siempre son dolorosas; aunque en esta ocasión, tenía un plan.
Allí estábamos, uno frente al otro junto al autobús que pronto nos alejaría. Un último beso, un último abrazo. Tras eso, me di la vuelta y me marché.
Ni siquiera esperé a que montase en el autobús; y mucho menos a que este arrancase y saliese poco a poco de la estación mientras yo, de pie en el andén, viese su esquiva silueta ocultarse entre los cristales tintados y los reflejos del sol.
Mi última imagen hasta nuestro reencuentro no sería un vehículo abandonando un edificio. Por el contrario, iba a ser su cara a escasos centímetros de la mía y sus ojos brillando quién sabe si de felicidad, quién sabe si gracias a mí.


Saludos

domingo, 23 de enero de 2011

Miradas (Relato)

Siempre que se despedían ella notaba que él la miraba de una manera distinta al resto, especial, como si le quedase algo importante que decir. No importaba que hubiesen estado con amigos o a solas en una de tantas veces en las que ella, cansada de su novio de turno o agobiada por el trabajo, lo necesitaba para desahogarse. Él, un tipo reservado y atento, cortés y caballeroso hasta el extremo, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba, como aquella vez en la que ella descubrió que su novio se acostaba con una compañera de trabajo, o aquella otra en la que, de madrugada, ella lo llamó llorando porque a su perro, un dálmata de poco menos de un año, le costaba respirar cuando ella lo encontró en el suelo de la cocina rodeado de vómito.
Esa mirada a la hora de despedirse se repetía cada vez con más asiduidad, cosa que a ella le daba que pensar desde que tomó consciencia de ello. Pasaba largos ratos preguntándose que querría decir esa mirada.
Era curioso porque, a pesar de tener tanta confianza con él como para contarle cualquier cosa, no veía la manera de preguntarle sobre aquella mirada, como si tuviese miedo de atravesar una frontera imaginaria que hasta ese momento no había existido.
Ella procuraba coincidir menos con él, hasta dejó de llamarlo para su habitual café de los jueves. Creía que evitando el problema se solucionaría por si sólo. Infravaloraba la constancia de un buen hombre.
Pero todo se agota, incluso la constancia de los hombres buenos, y en sus poco a poco más esporádicos encuentros esa mirada, origen del cambio de actitud de ella, fue transformándose en otra más triste y lastimera, como la de un perro al que su dueño aparta de su lado golpeándole con una zapatilla. Una mirada que dejaba entrever los escombros de un sueño roto.
Finalmente su relación dejó de existir. Años después ella creyó reconocerlo a lo lejos mientras cruzaba un parque de regreso a casa. Empujaba un carrito de bebé e iba acompañado por una mujer visiblemente embarazada. La imagen era la de una familia feliz.
En ese momento ella no pudo evitar pensar cómo habría sido su vida si hubiese sido capaz de afrontar aquella antigua mirada.

Saludos

viernes, 14 de noviembre de 2008

Recordando: Día de pasión y sangre (Relato)

Es la despedida de soltero de uno de los del grupo. Amigos desde críos. Lo llamamos despedida de soltero porque nos vamos a pegar una fiesta todos juntos antes de su boda, pero nada que ver con una despedida. Por votación y a mi pesar se decidió el no contratar a una striper. Mi argumentación fue que uno de nosotros follaría seguro pero ni por esas. Así que nos quedó el plan carcamal: cena en restaurante de “nouvelle cousine”, borrachera a base de vino y visita a la discoteca de moda. Y allí nos encontramos un grupo de treintañeros ciegos como cubas y rodeados de chavales y chavalas de no más de veinticinco años. Viendo el poco futuro de la situación decido buscarme la vida por mi cuenta. Pido un whisky con Ginger Ale. Ante la cara de incredulidad de la jovencísima y neumática camarera cambio mi petición a un Gin tonic. Miro a mí alrededor buscando objetivos. Un grupo de tres mujeres llama mi atención y me dirijo hacia ellas con la sonrisa más seductora de la que soy capaz dado mi estado. Presentaciones, sonrisas, conversación insustancial. Invito a una ronda. Dos de ellas van al cuarto de baño. La jugada está hecha. Conversación personal, acercamiento físico, parece que tus amigas se han perdido. Me invita a su casa. Salimos de la discoteca y llamo un taxi. Ella da su dirección. Besos y caricias en el asiento de atrás. El taxista nos espía a través del retrovisor. Llegamos y subimos. Besos y caricias en el ascensor. Entramos a su casa. Nos tomamos la última copa. Besos y caricias en el sofá. Nos desnudamos en el camino hacia la habitación. Sexo en la habitación. Terminamos y se duerme abrazada a mí. Por la mañana me ducharé, desayunaré y le pediré el teléfono. Nunca viene mal otro número de mujer en la agenda.

Despierto. Gritos. De hombre. Desde dentro de la casa. Soy consciente de donde estoy, pero no veo el por qué de esos gritos. Escucho a voces el nombre de la mujer que duerme conmigo. La miro y veo miedo y sorpresa en sus ojos. Me levanto en el instante en que entra un hombre en la habitación. Nos mira a ambos con la cara desencajada por la ira. La situación me supera. A él no, sabe perfectamente lo que hacer. Se dirige hacia mí y antes de que me dé cuenta me tumba de un puñetazo. Noto algo en mi boca. Un diente suelto. El sabor ferroso de la sangre. Sigue golpeándome mientras estoy en el suelo. Está a horcajadas encima mía mientras me golpea la cara una y otra vez. Escucho los lloros de ella y los insultos de él. Luego no escucho nada. Sólo un pitido agudo en ambos oídos. No veo, no siento. He superado el umbral del dolor. Sé que todo se acaba. Que es el fin. El marido llegó por sorpresa del viaje.

Saludos