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sábado, 24 de enero de 2015

Vivido

Hay quien, estando en tu vida largo tiempo, de una manera u otra pasa sin pena ni gloria, un surco en la arena barrido por una ola. Por mucho que lo intentes no podrías recordar nada sobre esa persona, ni el más leve enlace entre ella y tú que haga despertar una sonrisa por su recuerdo.
Aunque, por supuesto, una sonrisa es algo demasiado ambicioso como para que cualquiera pueda provocarla por su recuerdo. Y, en este caso, hasta un mísero alzamiento de cejas quedaría lejos de lo que mucha gente podría conseguir.

Por el contrario hay otras personas, indudablemente especiales, de las que recuerdas cada momento pasado a su lado. No me refiero a historias vagamente relatadas y modificadas progresivamente a lo largo de los años; me refiero a pequeños detalles tan vividos que, al rememorarlos, alteran nuestro ritmo cardiaco tal y como lo hicieron en su momento.
De estas personas nos encontramos pocas, y bastan un puñado de ratos junto a ellas para saber todo el tiempo que quieres dedicarles en el futuro, aunque este sea tan incierto que no sabes si tus buenas intenciones (y con suerte también las suyas) llegarán a materializarse.

Hago lo que puedo por no perder a quien, sin duda, pertenece al segundo grupo.
Acertadas o no, hago cosas; no puedo simplemente esperar, no quiero simplemente esperar.
Y así, esperando lo mejor, estando preparado para lo peor, dedico parte de mi tiempo a quien se pasea por mi mente como lo que en parte ya es, su casa; con la temerosa esperanza de que sea algo recíproco.

Y entre la pléyade de detalles, el que más altera mis latidos es un etílico apretón de manos bajo la mesa.


Saludos

sábado, 17 de enero de 2015

CXXVIII

-"No creo en no creer y me planteo mil cuestiones, porque yo sé que algún día existieron los dragones como existen las hadas, como existen las veladas en candelas de moragas con niñas enamoradas de lunas jóvenes."  Sicario & Hazhe - Arcturus

-"Una persona es tan buena como lo sea su palabra."  La ladrona de libros

-"Se pregunta si no están quizás hablando de nada o si están creando una clave para significados más profundos. No sabe si ella es consciente o inconscientemente coqueta. Siempre piensa que cuando vuelven a encontrarse le hablará con firmeza y le dirá que la ama o algo igualmente directo, algo que ponga la verdad al descubierto; pero en presencia de ella se queda atontado, su aliento cubre de vaho el cristal, no sabe qué decir y cuando dice algo es una estupidez. Lo único que sabe es esto: por debajo de todo, debajo de sus mentes y sus situaciones, él posee, como un derecho de retención de un terreno lejano que hubiese heredado, cierto dominio sobre ella, y que en el grano de la piel de aquella mujer, en la caída de su cabello y en sus nervios y finas venas, ella está dispuesta a aceptar este dominio. Pero entre esta predisposición y él se erigen los obstáculos de lo razonable."  John Updike  - Corre, Conejo

-"Amar es fácil, lo malo es el después, cuando la fuente está seca y sigues con la misma sed." Sharif - Martes trece


Saludos

jueves, 21 de agosto de 2014

Donde sucede lo bueno

De puertas hacia dentro en todos lados es igual: cegadoras luces destelleantes alternadas con oscuros rincones de falsa intimidad; autómatas de mentes confundidas en busca de calor ajeno, sin más valor que el efímeramente placentero intercambio de fluidos; música atronadora que aturde y desgasta. Pura convención social, pantomima de diversión, teatro de actores y actrices sin talento.
Pero la calle...
En la calle es donde sucede lo bueno porque es ahí donde te rodeas de los tuyos.
Nunca sucede nada interesante si no puedes escuchar a más allá de un palmo de distancia y en la calle no existe esa limitación: las conversaciones pueden fluir, ahora en la intimidad del que camina hombro con hombro, ahora en la algarabía de una chanza que se escucha en toda la calle.
El mero deambular, patear las calles con el único objetivo de seguir más tiempo en compañía de quien lo merece, detiene el tiempo en un absurdo de pamplinas sin sentido, el humor por el humor, estupidez a cambio de carcajadas.

Habrá quien me rebata este desprecio completo por cualquier local, incluso yo mismo tengo un puñado de buenos recuerdos en diferentes sitios y ciudades. Pero estas buenas experiencias siempre se basan en aquellas personas que estaban conmigo en aquellos momentos, siendo un factor prácticamente nulo el lugar donde nos encontrásemos.
Pero la calle...
La calle abraza a aquellos que se acogen en ella; aquellos que deciden, en contra de cualquier moda o mayoría, seguir sus andanzas al amparo de sus infinitos vericuetos; aquellos que, sin buscarlo, encuentran historias inesperadas y hallazgos aleatorios con los que confeccionar un anecdotario estrambótico y secreto, origen de bromas privadas.

El último refugio de aquellos que solo buscan diversión.


Saludos

martes, 29 de julio de 2014

Compartimentos estancos (Relato)

Múltiples habitaciones; potencialmente infinitas. En cada pared una puerta que conecta con la habitación contigua. Y en cada habitación una persona: habitualmente conocida pero, en ocasiones, perdido por despiste (o por el deseo inconsciente de desaparecer) te encuentras con una persona nueva, extraña en tu vida con la que, por verdadero interés o por mera cortesía, inicias una conversación.
Por sistema, siempre que cambiabas de habitación, cerrabas la puerta a tu espalda. No querías interferencias y filtraciones. Así podías controlar quién sabía qué porque, en diferentes habitaciones, te podías permitir contar diferentes versiones de una misma historia a diferentes personas. Ese dominio de la información te daba una falsa sensación de seguridad, de confianza. Nadie podía herirte porque nadie te conocía realmente.
En una habitación cerrada el aire termina volviéndose corrupto, cargado, asfixiante. Habitaciones con habitantes deliberadamente olvidados hedían a putrefacción. Cada vez menos personas podían soportarlo. En unos actos de rebeldía hasta ese momento insospechados trataban, furtivamente, de obtener fugaces visiones de aquello que les ocultabas tras las paredes de sus respectivas habitaciones: se abalanzaban hacia la rendija de la puerta al cerrarse sin saber siquiera si les protegías de un infierno o les prohibías el acceso a un paraíso.
Pronto, cada persona de cada habitación se negó a conversar contigo. Cuando aparecías en su estancia se enclaustraban en una esquina y, simplemente, te ignoraban hasta que, cansado y dolido, huías de aquella persona con la firme decisión de nunca volver.
Pero, de nuevo, te engañabas.
Cada persona, de una manera más o menos profunda, significaba algo para ti. Algunas eran tan importantes que hubieses sido capaz de compartir toda tu vida entre las cuatro paredes en las que la encontraste; de otras únicamente disfrutabas su compañía de una manera simple y sencilla, necesaria como el gesto involuntario de taparte la nariz al saltar dentro del agua.
Una única solución posible, valiente para alguien siempre encerrado en una cárcel de compartimentos estancos.
Ahora, cuando cambiabas de habitación la puerta a tu espalda quedaba abierta. Las personas, prisioneros convertidos en invitados, comenzaron a relacionarse. Corrientes de aire fresco corrían de habitación en habitación llevando consigo lejanos ecos de risas y voces generados en estancias distantes.
Por fin podrían conocerte. Y, aunque estabas expuesto, lo estarías para siempre tanto a lo bueno como a lo malo. ¿No es eso una vida mejor?


Saludos

miércoles, 6 de julio de 2011

Graznido: Sin duda...




Sin duda soy una buena persona: nunca llevo a la práctica ninguna de las maldades que se me ocurren.