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domingo, 21 de diciembre de 2014

martes, 29 de julio de 2014

Compartimentos estancos (Relato)

Múltiples habitaciones; potencialmente infinitas. En cada pared una puerta que conecta con la habitación contigua. Y en cada habitación una persona: habitualmente conocida pero, en ocasiones, perdido por despiste (o por el deseo inconsciente de desaparecer) te encuentras con una persona nueva, extraña en tu vida con la que, por verdadero interés o por mera cortesía, inicias una conversación.
Por sistema, siempre que cambiabas de habitación, cerrabas la puerta a tu espalda. No querías interferencias y filtraciones. Así podías controlar quién sabía qué porque, en diferentes habitaciones, te podías permitir contar diferentes versiones de una misma historia a diferentes personas. Ese dominio de la información te daba una falsa sensación de seguridad, de confianza. Nadie podía herirte porque nadie te conocía realmente.
En una habitación cerrada el aire termina volviéndose corrupto, cargado, asfixiante. Habitaciones con habitantes deliberadamente olvidados hedían a putrefacción. Cada vez menos personas podían soportarlo. En unos actos de rebeldía hasta ese momento insospechados trataban, furtivamente, de obtener fugaces visiones de aquello que les ocultabas tras las paredes de sus respectivas habitaciones: se abalanzaban hacia la rendija de la puerta al cerrarse sin saber siquiera si les protegías de un infierno o les prohibías el acceso a un paraíso.
Pronto, cada persona de cada habitación se negó a conversar contigo. Cuando aparecías en su estancia se enclaustraban en una esquina y, simplemente, te ignoraban hasta que, cansado y dolido, huías de aquella persona con la firme decisión de nunca volver.
Pero, de nuevo, te engañabas.
Cada persona, de una manera más o menos profunda, significaba algo para ti. Algunas eran tan importantes que hubieses sido capaz de compartir toda tu vida entre las cuatro paredes en las que la encontraste; de otras únicamente disfrutabas su compañía de una manera simple y sencilla, necesaria como el gesto involuntario de taparte la nariz al saltar dentro del agua.
Una única solución posible, valiente para alguien siempre encerrado en una cárcel de compartimentos estancos.
Ahora, cuando cambiabas de habitación la puerta a tu espalda quedaba abierta. Las personas, prisioneros convertidos en invitados, comenzaron a relacionarse. Corrientes de aire fresco corrían de habitación en habitación llevando consigo lejanos ecos de risas y voces generados en estancias distantes.
Por fin podrían conocerte. Y, aunque estabas expuesto, lo estarías para siempre tanto a lo bueno como a lo malo. ¿No es eso una vida mejor?


Saludos

jueves, 5 de junio de 2014

Almas gemelas (Relato)

Desnuda, buscaba su ropa por toda la habitación con la indecisión de quien no conoce el lugar y el nerviosismo de estar siendo observada. Él, sentado sobre la cama y cubierto por una sábana de cintura para abajo, disfrutaba con su rubor mientras escuchaba su charla inconexa y saboreaba su aroma todavía impregnado en su boca.
-Ahí esta el sujetador, junto a la papelera.- Si no la ayudaba tardaría un siglo en encontrar sus prendas, esparcidas por la estancia en el frenesí de la pasión animal.
Se habían conocido pocas horas antes en la presentación de un libro. El autor, amigo de él, le había pedido que dijese unas palabras en dicho acto ya que se trataba, asimismo, de un escritor reconocido por el público, aunque justamente maltratado por la crítica debido a la poca profundidad de sus libros, principalmente dirigidos a jóvenes en busca de historias sencillas y finales felices, y amas de casa aburridas de su largo matrimonio que buscaban algo de romanticismo en cualquier sitio.
Un perfil en el que ella parecía encajar bastante bien; como supo después, una estudiante de bellas artes con ínfulas de artista profesional y sin la experiencia y el bagaje vital como para serlo.
Mientras hablaba al reducido público que había acudido a la presentación sobre el libro de su amigo, un autor mucho más complejo y brillante pero infinitamente menos conocido que él aunque muy respetado en círculos especializados y minoritarios, había echado el ojo a la única joven atractiva que había en la sala.
Así que, una vez acabado el coloquio y hechas las fotos para una revista sobre literatura (una de esas de tirada corta que se envía directamente a casa de los suscriptores), haciéndose el despistado se fue acercando poco a poco a ella, que hablaba con un tipo que bien podría ser un profesor de universidad o el dueño de una librería "de antiguo"; un señor mayor vestido con una chaqueta pasada de moda y unos zapatos deslustrados podría ser cualquiera de esas cosas.
Entró en la conversación sabiéndose reconocido. Sin ni siquiera presentarse dio su opinión sobre el tema que estaban tratando: cómo era de complicado en el mercado editorial actual diferenciar los buenos autores del resto entre la maraña de best sellers y campañas publicitarias con las que bombardean a los cada vez menos lectores que se preocupan en buscar novedades y escritores noveles o poco conocidos. Decidió no sentirse ofendido por el despectivo tono con el que el señor dijo la palabra best seller y se dispuso a dar una opinión templada, con los argumentos una y otra vez oídos de boca de los dueños de las editoriales más importantes y los autores por ellas promocionados: que los best sellers también son buena literatura, que la publicidad cumple la función de avisar a la gente sobre la publicación de las nuevas obras de sus autores favoritos y que, gracias a Internet, cualquiera puede informarse lo suficiente sobre autores minoritarios e, incluso, conseguir con relativa facilidad sus obras. Todo argumentos manidos pero, al fin y al cabo, un mantra del que un autor superventas no podía salirse.
Ella lo observaba, no con el interés de una admiradora escuchando a su ídolo, sino con los ojos de una joven atraída físicamente por un atractivo hombre de mediana edad que, para colmo, era conocido incluso para aquellos que no habían abierto un libro en su vida.
Hay que decir que ese perfil en el que él la había catalogado, el de joven en busca de historias sencillas y finales felices, no cuadraba en absoluto con ella pero, en su endiosamiento y ceguera por llevarla a la cama, obvió cualquier evidencia de lo contrario, una tan evidente como el hecho de que había acudido sin compañía a la presentación del libro de un autor prácticamente desconocido.
Como si las almas gemelas se movieran por motivos puramente egoístas, ellos confluyeron en ese sitio y tomaron la misma decisión: llevarse respectivamente a la cama y disfrutar tanto como el opuesto ayudase en función de sus ganas y experiencia. Para ello adoptaron los papeles apropiados, según sus prejuicios, a la situación: ella haría de joven algo tonta embelesada por la fama y él pasaría por un atractivo maduro interesado en nuevos artistas.
En qué terminó todo esto ya lo sabemos: ella buscando su ropa por la habitación, hablando de cualquier cosa trivial para que ni se le ocurriese pedirle su número de teléfono y deseando salir de aquella habitación en la que ya no había nada divertido o interesante que hacer; y él, con su orgullo inflamado por su joven y tersa conquista a la que creía haber dado a conocer un mundo de experiencia inaccesible para muchas.


Saludos

domingo, 16 de octubre de 2011

Telarañas y Premios Planeta

Expectante como el que entra a una habitación que hace años dejó en desuso.
Todo sigue en el mismo lugar, pero una gruesa capa de polvo lo cubre todo, el ordenador parece extrañamente arcaico y las arañas han construido complejas y voluminosas estructuras en cada esquina, haciendo de esta habitación abandonada su particular universo. Por todos lados hay folios, cuartillas, libretas, notas y libros. Siento que he vuelto a mi mundo.
Como suele suceder lo único que siempre cambia es uno mismo.
Ahora queda trabajo por hacer: limpiar, recoger y organizar. Hacer lo que me gusta. Llenar las (infinitas) estanterías vacías.


Viendo por casualidad el discurso de la finalista de los Premios Planeta de este año (hablo de ayer mismo) pensé que no hace falta ser muy listo para ganar un Premio Planeta.
Luego me vino a la mente Boris Izaguirre...

Si queréis llamad envidia a este par de cuchillos que acaban de volar.

Saludos

martes, 9 de febrero de 2010

Diario de hotel (Relato)

La luz que se filtra a través de la cortina de una ventana sin persianas hace que se despierte. Ni siquiera hace el esfuerzo de intentar recordar dónde se encuentra: es simplemente otra habitación de hotel de una ciudad cualquiera en la que la noche anterior tenía un concierto. La vida de una estrella de la música. Lagunas en la memoria del tamaño de océanos.
Se incorpora hasta sentarse en la cama, con los pies apoyados en la moqueta. La boca le sabe a sexo, humo y alcohol. A su lado descansa una mujer desnuda cuyo nombre desconoce. Groupie. Una palabra algo despectiva aunque bastante cercana a la realidad. Ganado a la espera de ser sacrificado en el backstage. Su mánager criba quien es lo suficientemente atractiva como para entrar. A él le basta con un gesto para recibir cualquier tipo de favor sexual. Prostitución pagada con fama.
El aspecto de la habitación es caótico: muebles volcados, botellas vacías o rotas, restos de comida diseminados por todos lados, motas de cocaína sobre cualquier superficie plana. No se podría averiguar cuantas personas pasaron por allí esa noche. Sexo, drogas y rock&roll. Los tópicos, así como las generalizaciones, se basan en ciertos componentes de la realidad.
Una ducha le devuelve algo de vitalidad y le refresca las ideas. Observa su reflejo en el espejo del cuarto de baño. Una cara demacrada y consumida le devuelve la mirada. Piensa en lo que le espera al salir de ahí: desayuno, furgoneta, otro concierto, otra habitación de hotel.
Otro concierto donde dejará parte de su alma.
Otra habitación donde dejará parte de su vida.

Saludos