Nunca he sido una persona religiosa. Supongo que es parte de la educación que recibí. Tampoco ha sucedido ningún acontecimiento milagroso que me haya hecho cambiar de opinión. Sin embargo mi relación con la religión ha sido curiosa.
Con 11 años entré en un colegio concertado para cursar E.S.O. y Bachiller. El caso es que ese colegio, sin ser de los que coloquialmente llamamos de monjas o de curas, si que tiene cierta raíz religiosa (de hecho su nombre es el de un Papa) Pues allí llego yo, nuevo, sin conocer y creyendo que era obligatorio cursar la asignatura de Religión (luego me enteré de que era optativo sustituirla por Ética) Como podréis imaginar, al comienzo y al final de cada clase de Religión rezábamos un padrenuestro, todos juntos, yo incluido, que con esa edad lo más religioso que había hecho en mi vida era acudir a ceremonias como bodas y bautizos o visitar iglesias y catedrales. Os preguntaréis por qué cuando me enteré que podía cursar Ética no me cambié. Sucedía que la profesora de Religión era una de esas mujeres con aspecto de monja de vocación pero que no lo era, como si dijéramos una beata. Alumnos más veteranos que yo me contaron el interrogatorio pro-religión que tuvo que soportar un antiguo alumno que vivió una situación idéntica a la mía. Así que entre soportar un interrogatorio y vivir seis años una mentira de cara a esa profesora elegí lo segundo.
Con todo esto puede que penséis que soy un activista anti-iglesia o algo parecido. Nada más lejos de mi intención. Esto es simplemente el contexto de mi vida sobre el tema de la religión.
A partir de aquí debo decir que soy muy respetuoso con la gente creyente. De hecho me inspiran una sensación entre admiración y envidia. Admiración porque son capaces de tener confianza plena en algo de lo que es imposible demostrar su existencia. Envidia porque, cuando todo les falla, tienen una fe a la que aferrarse, porque por muy fuerte que uno se considere para salir de los malos momentos no se es omnipotente.
El problema de la religión es la mala prensa que tiene (¿que se ha creado?) Podría entrar en un debate de los hechos positivos (educación gratuita cuando nadie la ofrecía, mantenimiento de bienes culturales, obras sociales...) y negativos (Inquisición, apoyo a dictaduras, rechazo de métodos anticonceptivos...) de las diferentes religiones (fanatismo, extremismo islámico...) pero, en realidad, todas estas cosas no son las religión, estas cosas vienen de las personas que controlan las religiones, son estas personas las que desvirtúan el concepto de religión.
Luego está el lado folclórico de la religión, ese de las romerías, procesiones, encierros, Semana Santa y demás, que si te gustan pues perfecto y si no te gustan son un incordio pero te proporcionan días festivos, así que lo comido por lo servido. Todos contentos.
Personalmente me encuentro cada vez más espiritual en un sentido kármico: la bondad o maldad de mis actos repercutirá en mi vida y en la de los que me rodean. No es que crea ciegamente en esto, pero creo que es una buena filosofía de vida.
Saludos y que Dios (sea el que sea en el que creáis) os bendiga a todos.
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lunes, 2 de febrero de 2009
miércoles, 13 de agosto de 2008
La última copa (Relato)
Era una noche de sábado de botellón como tantas otras. A Málaga nunca llegó la prohibición de beber en la calle extendida por la gran mayoría de provincias y ciudades españolas, simplemente se había trasladado desde la histórica Plaza de la Merced hasta el Paseo de los Curas, una calle que transcurre en paralelo al Paseo del Parque y junto al puerto. Mucha gente se indignó al saber que jueves y sábados la policía se encargaría de cortar la circulación de esa calle para que la gente joven "beba, se emborrache y se drogue" como se pudo escuchar por aquella época en más de una conversación, pero no se trató más que de la solución menos molesta: el botellón quedaba cerca del Centro (única zona de marcha en Málaga capital) y no había vecinos a los que molestar (al contrario de lo que ocurría en la ubicación anterior)
Eran en torno a la una de la madrugada. A esa hora debía haber de manera aproximada entre 3500 y 5000 personas bebiendo y riendo en sus respectivos grupos de amigos. Fueron pocos los que se dieron cuenta de lo que iba a pasar, unos pocos de los que acababan la acumulación de gente, los más cercanos al punto en el que el Paseo de los Curas se convierte en la Avenida de Cánovas del Castillo.
Un coche con las luces apagadas se dirigía a una velocidad indeterminada hacia la gente. Algunos avisaron a voces de lo que se avecinaba; otros intentaron saltar la valla que protegía el parque de indeseables; otros se limitaron a cambiar de carril; aunque la mayoría, cegados por el miedo, comenzaron a empujar al gentío que todavía no había tomado consciencia del peligro.
Intentar mover a una masa de miles de personas a base de empujones no es fácil. No era el típico movimiento concéntrico de huida de una pelea en el que todos huyen de un punto central, esto era gente empujando a muchísima más gente sin razón aparente.
Para cuando los que estaban siendo empujados se percataron de lo que ocurría, el coche comenzó a arrollar personas: salían despedidos al chocar contra el paragolpes, o bien volaban por encima del coche después de golpear contra la luna delantera, o simplemente alguna parte de su cuerpo quedaba aplastada bajo las ruedas.
El coche sólo pudo andar unos diez metros atropellando gente: esa distancia había bastado para que las ruedas quedasen bloqueadas por cuerpos humanos.
Los miles de personas que habían sido testigos de lo ocurrido y que estaban indemnes se convirtieron en turba: una maraña de gente enfurecido se arrojó sobre el coche arrancando al conductor de su asiento. En el otro extremo del gentío la policía que vigilaba el botellón intentaba abrirse paso para alcanzar el vehículo. Mientras la gente descargaba su ira sobre el conductor con lo que podía: puños, piernas, tacones, botellas rotas, piedras, cubos de basura. Para cuando la policía consiguió dispersar a la gente, lo que había sido una persona se había convertido en un coágulo irreconocible de ropa empapado en sangre.
Su identidad pudo aclararse posteriormente por el carné de conducir que se encontró en la guantera aunque nunca pudo saberse que le había llevado a hacer lo que hizo. Los afectados sumaban cincuenta muertos y más de cien heridos. El ayuntamiento declaró una semana de luto oficial durante la cual se prohibió el botellón de manera indefinida. Esta medida fue tomada por el resto de ciudades que aún lo mantenían.
Saludos
Eran en torno a la una de la madrugada. A esa hora debía haber de manera aproximada entre 3500 y 5000 personas bebiendo y riendo en sus respectivos grupos de amigos. Fueron pocos los que se dieron cuenta de lo que iba a pasar, unos pocos de los que acababan la acumulación de gente, los más cercanos al punto en el que el Paseo de los Curas se convierte en la Avenida de Cánovas del Castillo.
Un coche con las luces apagadas se dirigía a una velocidad indeterminada hacia la gente. Algunos avisaron a voces de lo que se avecinaba; otros intentaron saltar la valla que protegía el parque de indeseables; otros se limitaron a cambiar de carril; aunque la mayoría, cegados por el miedo, comenzaron a empujar al gentío que todavía no había tomado consciencia del peligro.
Intentar mover a una masa de miles de personas a base de empujones no es fácil. No era el típico movimiento concéntrico de huida de una pelea en el que todos huyen de un punto central, esto era gente empujando a muchísima más gente sin razón aparente.
Para cuando los que estaban siendo empujados se percataron de lo que ocurría, el coche comenzó a arrollar personas: salían despedidos al chocar contra el paragolpes, o bien volaban por encima del coche después de golpear contra la luna delantera, o simplemente alguna parte de su cuerpo quedaba aplastada bajo las ruedas.
El coche sólo pudo andar unos diez metros atropellando gente: esa distancia había bastado para que las ruedas quedasen bloqueadas por cuerpos humanos.
Los miles de personas que habían sido testigos de lo ocurrido y que estaban indemnes se convirtieron en turba: una maraña de gente enfurecido se arrojó sobre el coche arrancando al conductor de su asiento. En el otro extremo del gentío la policía que vigilaba el botellón intentaba abrirse paso para alcanzar el vehículo. Mientras la gente descargaba su ira sobre el conductor con lo que podía: puños, piernas, tacones, botellas rotas, piedras, cubos de basura. Para cuando la policía consiguió dispersar a la gente, lo que había sido una persona se había convertido en un coágulo irreconocible de ropa empapado en sangre.
Su identidad pudo aclararse posteriormente por el carné de conducir que se encontró en la guantera aunque nunca pudo saberse que le había llevado a hacer lo que hizo. Los afectados sumaban cincuenta muertos y más de cien heridos. El ayuntamiento declaró una semana de luto oficial durante la cual se prohibió el botellón de manera indefinida. Esta medida fue tomada por el resto de ciudades que aún lo mantenían.
Saludos
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