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domingo, 19 de abril de 2015

Borroso (Relato)

Despierto en ese sitio indefinido entre la borrachera que todavía sigue activa desde anoche y el cansancio inevitable de haber dormido menos horas de las deseadas.
Un abrumador montón de cosas por hacer es lo primero que se cruza por mi cabeza, una cabeza que se rebela contra cualquier noción de equilibrio al incorporarme en la cama y quedarme sentado en ella.
Los recuerdos de la noche se reproducen con una evidente caída en la tasa de fotogramas por segundo, como una película proyectada en un quinetoscopio a color. Trato de trazar una linea temporal que ayude a descifrar las imágenes fragmentadas en las que demasiadas caras dificultan la localización de hora y lugar.
El agua fresca con la que me lavo la cara taladra ambas sienes como si estuviesen siendo atravesadas por un témpano de hielo: una dolorosa ayuda para terminar de espabilarme y despejar la visión. Los ojos hinchados y cada vez más arrugas a su alrededor son la muestra de que los años siguen pasando y dificultan hasta lo insoportable cualquier proceso de recuperación.
Me asomo a la terraza con una taza de café en la mano. Una soleada mañana de domingo es la tregua que el mundo me ofrece en unos momentos poco gratificantes si observo mi existencia en su completa y decepcionante irregularidad. Cada sorbo, endulzado a fuerza de cucharadas colmadas de azúcar, es parte de una cuenta atrás para el comienzo de una jornada de preparación para otra rutinaria semana sin nada que compartir con nadie.
Vivo en una continua escapada hacia el futuro con la esperanzada inseguridad de no saber qué demonios puede cambiar, qué demonios quiero cambiar. Por donde empezar.


Saludos

martes, 15 de enero de 2013

Eso se hace por las mañanas...

Esta es la historia: un servidor hace unos meses cumplió los 26. Según una ley reciente, al cumplir esta edad, uno deja de tener derecho a asistencia sanitaria como beneficiario del titular cabeza de familia (en este caso mi madre era la titular y yo, beneficiario), para pasar a ser titular por límite de ingresos (en caso de no estar trabajando).
Normalmente este trámite se realiza de oficio (la propia Seguridad Social cambia tu estatus automáticamente al cumplir 26) pero, no me preguntéis por qué, porque tampoco me lo han sabido decir, en mi caso no fue así.
El caso es que, tras enterarme, solicito la documentación necesaria para ser titular por límite de renta, documentación que, una vez obtenida, me acerco a presentar, como corresponde, en mi Centro de Salud.
Y aquí viene lo gracioso. De las dos señoras que atienden en recepción la primera de ellas (la que me atiende por riguroso orden de cola) me dice las palabras que dan título a este artículo "Eso se hace por las mañanas". Me asombra que un trámite a priori tan sencillo (modificar algún dato en la base de usuarios que utilicen) pueda resultar tan complejo como para tener habilitadas horas específicas para ello, por lo que le comento mi situación: estoy realizando unas prácticas por las mañanas y me trastocaría el horario tener que hacer ese trámite cuando (se supone, o eso me acaba de decir) se debe hacer. Me propone que lo intente con su compañera, la cual, sin más explicación, teclea mis datos en un ordenador y en menos de cinco minutos me soluciona el trámite.
No voy a entrar en la manida baja productividad de los empleados públicos, pero sí en algo más sangrante como los horarios.
Que un banco (empresas privadas al servicio de sus clientes) decidan tener un horario de atención al público más reducido (y coincidente en el tiempo) que el horario laboral de cualquier trabajador, y que además para ciertos trámites (véase el pago de recibos) elijan ciertas horas de ciertos días de la semana, con horarios más estrictos que los de un eclipse, es una decisión empresarial que nuestros impuestos no pagan.
Pero que lo mismo ocurra con cualquier administración pública no es lógico.
Parece que no hemos cambiado tanto desde el famoso "Vuelva usted mañana" de Larra...

Saludos