Aquella obra dejó una profunda huella en mí. Recurrentemente se me aparecía, nítida y viva, cada vez que no tenía nada en lo que pensar. Un protector de pantalla mental.
Como yo mismo, se encontraba en aquel museo de paso, parte de una exposición temporal. Al poco tiempo también volvió al lugar en el que está habitualmente expuesta.
Una reproducción colgaba ya para entonces de la pared de mi cuarto a la espera de encontrar la manera de volver a presenciarla en vivo, en ese otro museo. Un sustitutivo edulcorado pero, a falta de la cercanía del original, se me debía hacer suficiente.
De nuevo unos pasillos, salas de museo esta vez más pequeñas y acogedoras, con menos obras pero, de alguna manera, familiares y cercanas. Y ahí, como si todo este tiempo hubiese estado esperándome, esa obra cautivadora y acongojante de una manera agradable. Nunca me había sentido así. Me acerco decidido, sabiendo que esta vez, ya conocidos los rasgos principales, podré zambullirme en cada pequeño detalle, en cada pincelada que quiera significar algo, en cada grumo de la pintura que actúa como tentación prohibida de sentir a través del tacto.
Sé que, sin remisión, este museo también cerrará, que tendré que salir por sus puertas para, otra vez, no saber si volveré a observarla, si volveré a este museo; lo que no dudo es que su imagen me acompañará como solo las cosas importante pueden hacer.
Más momentos que memorizar.
Más risas y sonrisas. Más palabras y silencios. Más respiraciones, gemidos y suspiros. Más caricias y estremecimientos. Más miradas...
Irrepetibles tesoros.
Saludos
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domingo, 6 de julio de 2014
lunes, 8 de julio de 2013
Museo
Paseo a través de las diferentes salas de un enorme, casi infinito, museo. Todo tipo de arte y corrientes artísticas desfilan ante mis ojos. Algunas obras llaman mi atención pero igual que cualquier juguete sonoro haría con un niño de unos cuantos meses. Busco algo más: esa obra que me perturbe, con la que sienta una conexión directa con lo que quiere representar, que signifique algo para mí. Experimentar el síndrome de Stendhal.
Entonces, por azar (cómo si no), me encuentro frente a esa obra de arte que buscaba sin conocer. No puedo hacer más que contemplarla embelesado, disfrutarla todo lo posible. Consciente de que con esa obra me basta, tomo asiento frente a ella tratando de descubrir todos los detalles, de descifrar todos los matices, de desentrañar todo su significado.
El mensaje que propagan los altavoces me devuelve a la realidad: estoy en un museo (¿recuerdas?) y cierra sus puertas en breve. Resignado, doy los últimos vistazos mientras camino fuera de la sala. No sé si volveré a observarla, si volveré a este museo, pero la visita mereció la pena.
Por eso trataba de memorizar cada detalle.
Cada risa y sonrisa. Cada palabra y silencio. Cada respiración, gemido y suspiro. Cada caricia y estremecimiento. Cada mirada...
Porque hay momentos que deben ser conservados a fuego en la memoria.
Saludos
Entonces, por azar (cómo si no), me encuentro frente a esa obra de arte que buscaba sin conocer. No puedo hacer más que contemplarla embelesado, disfrutarla todo lo posible. Consciente de que con esa obra me basta, tomo asiento frente a ella tratando de descubrir todos los detalles, de descifrar todos los matices, de desentrañar todo su significado.
El mensaje que propagan los altavoces me devuelve a la realidad: estoy en un museo (¿recuerdas?) y cierra sus puertas en breve. Resignado, doy los últimos vistazos mientras camino fuera de la sala. No sé si volveré a observarla, si volveré a este museo, pero la visita mereció la pena.
Por eso trataba de memorizar cada detalle.
Cada risa y sonrisa. Cada palabra y silencio. Cada respiración, gemido y suspiro. Cada caricia y estremecimiento. Cada mirada...
Porque hay momentos que deben ser conservados a fuego en la memoria.
Saludos
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