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jueves, 3 de octubre de 2013

Se acaba la batalla (Relato)

-¿Preparado para continuar?
-No lo sé; son demasiados...
-¿Y?¿Esperabas lo contrario?
-No, pero nos hemos quedado solos, todos nuestros compañeros nos han abandonado.
-¿Y tendríamos que rendirnos por eso?
-Joder, tampoco es cuestión de verlo como una rendición. Se suele decir que una retirada a tiempo es una victoria...
-Eso sólo lo dicen los cobardes.
-Pues llámame cobarde si quieres pero tengo ganas de vomitar, me fallan las piernas, mi pulso tiembla desde hace rato y cada vez veo peor. Empiezo a tener miedo, en serio.
-¿Miedo? Cuando empezamos con esto sabíamos qué iba a pasar: sería duro, cada vez más; muchos de nosotros no verían amanecer a nuestro lado y otros tantos, con la excusa de retirar a las bajas, huirían; al final sólo unos pocos seguirían juntos para vencer a la noche o caer en el intento. Nos ha tocado a nosotros y tenemos que hacerlo por ellos pero, sobre todo, por nosotros, por nuestro orgullo...
-Me cago en ti. No es que me hayas convencido, pero sólo por esa parrafada que has soltado en estas condiciones voy a seguir aquí.
-Esa es la actitud.
-Como siempre, un placer estar a tu lado, compadre...
-Lo mismo digo, hermano...

Y así, levantando sus brazos con los dedos índice y corazón extendidos (en lo que para ellos podía ser un signo de victoria), llamaron la atención del camarero para pedirle otros dos chupitos y alcanzar su décimo segunda ronda.



Saludos

lunes, 7 de enero de 2013

Zumbido

Quieres que el mundo te odie para justificar lo que sientes, ese desprecio por todo y (casi) todos. Cualquier cosa te enerva, como si todo fuese por ti o contra ti.

Ese zumbido sordo y constante te va ganando la batalla. No puedes ganarle, únicamente olvidarlo por momentos, hasta que, estando otra vez sólo, resurja en tu mente y sea lo único en lo que puedas concentrar tus pensamientos.
Es curioso como las decisiones de una sola persona te pueden afectar tanto.
Y el zumbido se vuelve insoportable, te aturde e inutiliza. Todo lo que importa queda por debajo del zumbido y tú te sientes arrastrado y olvidado. Abandonado como un perro en una cuneta, tanto que te imaginas corriendo detrás de un coche que se aleja, y trazas planes para poder alcanzarlo y volver a montarte, como si esa vaga esperanza fuese suficiente para amortiguar el zumbido.
Pero te equivocas. Así lo alimentas.

Y el mundo no te odia, eres tú el que necesita odiar al mundo, la válvula de escape que necesita el zumbido, como una sangría para depurar tu organismo.


Saludos

lunes, 4 de junio de 2012

Soldados (Relato)

Somos un ejército muy numeroso. Nuestro entrenamiento es corto e intenso. Estamos siempre alerta, siempre preparados: nunca sabemos en qué momento marcharemos al frente. Lo único que sabemos es que nadie ha regresado. Jamás.
Qué nos espera cuando abandonamos los barracones es un misterio. Se oyen rumores e historias pero ¿es que alguien ha vuelto alguna vez para confirmarlas?
Hasta el día en que nos toca dirigirnos hacia la batalla.
Mientras avanzamos se nota la tensión a nuestro alrededor. Cada vez hace más calor, pero nadie baja el ritmo. Somos muchos y nos movemos juntos, como fluye el agua de un río.
Tras lo que parece una eternidad, pero no han sido más que unos minutos, la marcha se acelera y nos damos cuenta de que empieza lo complicado.
Nuestro equipamiento es nulo: contamos con nuestro cuerpo y nuestra cabeza, y creedme si os digo que la cabeza no es lo más necesario para seguir adelante.
Conforme nos adentramos en terreno enemigo notamos que estamos en territorio hostil, incluso el ambiente ha cambiado: hace aún más calor si cabe y el aire se nota ácido.
Veo caer compañeros a mi alrededor, a tantos que no podría ni aproximar un número. Pero nadie nos ataca; es este sitio el que acaba con nosotros por si solo. El resto seguimos sin mirar atrás. Sabemos por qué estamos aquí y estamos dispuestos a ello.
El camino es largo y sufrido pero llegamos suficientes para acometer la conquista de la fortaleza. Es un ataque frontal y masivo. Nos lanzamos en bloque tratando de acceder por todos lados. Los que llegan primero quedan atrapados en las paredes viscosas de la fortaleza. Para continuar con el asedio nos vemos obligados a esquivar y apartar los cuerpos yacentes de nuestros compañeros.
Es entonces cuando los supervivientes tomamos conciencia de que esto es una misión suicida para todos, que a los sumo uno o dos de nosotros logrará acceder a la fortaleza y enfrentarse a lo desconocido una vez más. Sin embargo, esta inevitabilidad no nos hace desistir y seguimos intentado hacer brecha, cada cual en su propia batalla personal.
Compañeros siguen desfalleciendo junto a mi, dándose por vencidos extenuados por el esfuerzo. Sigo empujando, empujando, solo para que, cuando creo que no puedo más, la pared se raje frente a mi y me permita meter la cabeza.
Recobro fuerzas. Sigo empujando.
Estoy dentro. Lo he conseguido y sé que seré el único, a pesar de que el puñado de compañeros que siguen fuera no dejan de intentarlo.
Es entonces cuando lo veo. No es como yo, pero es lo que veníamos buscando. Lo se porque me atrae, porque lo atraigo. Nos crearon para el momento definitivo en el que nos encontramos. Juntos seremos algo hermoso.
No nos unimos, nos fusionamos. Pero no pasamos a ser uno; nos convertimos en otro, algo totalmente distinto a nosotros, pero en parte nosotros.
Pierdo la conciencia.
Espero que este "otro" consiga ver la luz.


Saludos

domingo, 27 de mayo de 2012

Lloriqueos

Siempre suelo decir que no es un tema que me preocupe, pero en realidad prefiero no reconocer cuánto me preocupa. Cuantas veces al día pienso en ello.
Cuantas veces llego a la única conclusión posible: soy un fracaso y mi solución está cerca de ser un milagro.
Mi historial de tímidas escaramuzas no es suficiente en un mundo en el que los héroes se forjan en múltiples batallas de las que regresan heridos pero no derrotados, hasta conquistar un reino que compense tantas derrotas y retiradas.
Temo encontrarme, de aquí a poco, en un nuevo campo de batalla, sólo para enfrentarme a la verdad absoluta que siempre he intentado desterrar de que el problema soy yo.
Pero no me entristece, de hecho leo la verdad y sonrío. Sin ganas, pero sonrío. Como el maquillaje de un payaso.

Hay tantas cosas por hacer...

Hoy es un día nublado y estoy cansado.
Los párrafos anteriores, aunque ciertos, no son más que basura. Lloriqueos de un bebé.
No puedo dejar que circunstancias, por muy mejorables que puedan ser, sean el árbol que no me permita ver el bosque.

Saludos