Habían decidido huir juntos. Alejarse de una vida con la que no disfrutaban y que no consideraban como suya. Dejarlo todo atrás iba a ser un paso sencillo y liberador: rayos de sol tras un largo invierno ártico.
El destino les era indiferente, allí donde les llevase el camino estarían juntos, y eso les parecía suficiente.
Se dieron un día para empaquetar las cosas que considerasen indispensables: una mochila al hombro y todo el futuro por delante. A la mañana siguiente se verían en el aeropuerto y comprarían el primer billete que se pudieran permitir, sin importar donde fuera a aterrizar ese avión.
Y allí estaba él, metiendo ropa en la vieja mochila que solía llevar al instituto. No era una mochila demasiado grande, por lo que no cabían muchas cosas. Sin embargo, mientras los cajones de su habitación menguaban en contenido, su cabeza se llenaba de indecisión.
Estaba a pocas horas de llevar a cabo la decisión más drástica de su vida, un acontecimiento pivotal, un punto de inflexión en su existencia. Pero no era esta idea la que estaba infectando su cabeza. Un temor mayor le erosionaba hasta la nausea.
¿Qué pasaría si ella no se presentaba en la terminal; si abandonar todo y quedarse solo con él no le parecía suficiente? ¿Cómo podría reponerse del hecho devastador de saberse abandonado por la única persona por la que él sería capaz de abandonarlo todo? ¿Tendría fuerzas para coger un avión y continuar en solitario con el plan? ¿O para regresar a casa con el rabo entre las piernas?
Todas estas dudas, las raíces de un árbol llamado abandono, arraigaron con profundidad en su consciencia. Por ello tomó la única decisión que fue capaz de llevar a cabo.
A la mañana siguiente, tras esperar varias horas, ella cogió un avión con destino a Frankfurt, solo ida. Se sintió defraudada: había puesto todas sus ilusiones y confianza en una persona que ahora la obligaba a empezar una vida cuyo primer paso iba a estar falto de equilibrio, carente de un punto de apoyo.
Y así se sintió él también la noche anterior: incapaz de soportar la posibilidad de sentirse defraudado y abandonado como un perro en una cuneta, con sus ilusiones y su confianza rotas en mitad del ajetreo mundano de la terminal de un aeropuerto.
Saludos
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miércoles, 8 de julio de 2015
Terminal (Relato)
lunes, 7 de enero de 2013
Zumbido
Quieres que el mundo te odie para justificar lo que sientes, ese desprecio por todo y (casi) todos. Cualquier cosa te enerva, como si todo fuese por ti o contra ti.
Ese zumbido sordo y constante te va ganando la batalla. No puedes ganarle, únicamente olvidarlo por momentos, hasta que, estando otra vez sólo, resurja en tu mente y sea lo único en lo que puedas concentrar tus pensamientos.
Es curioso como las decisiones de una sola persona te pueden afectar tanto.
Y el zumbido se vuelve insoportable, te aturde e inutiliza. Todo lo que importa queda por debajo del zumbido y tú te sientes arrastrado y olvidado. Abandonado como un perro en una cuneta, tanto que te imaginas corriendo detrás de un coche que se aleja, y trazas planes para poder alcanzarlo y volver a montarte, como si esa vaga esperanza fuese suficiente para amortiguar el zumbido.
Pero te equivocas. Así lo alimentas.
Y el mundo no te odia, eres tú el que necesita odiar al mundo, la válvula de escape que necesita el zumbido, como una sangría para depurar tu organismo.
Saludos
Ese zumbido sordo y constante te va ganando la batalla. No puedes ganarle, únicamente olvidarlo por momentos, hasta que, estando otra vez sólo, resurja en tu mente y sea lo único en lo que puedas concentrar tus pensamientos.
Es curioso como las decisiones de una sola persona te pueden afectar tanto.
Y el zumbido se vuelve insoportable, te aturde e inutiliza. Todo lo que importa queda por debajo del zumbido y tú te sientes arrastrado y olvidado. Abandonado como un perro en una cuneta, tanto que te imaginas corriendo detrás de un coche que se aleja, y trazas planes para poder alcanzarlo y volver a montarte, como si esa vaga esperanza fuese suficiente para amortiguar el zumbido.
Pero te equivocas. Así lo alimentas.
Y el mundo no te odia, eres tú el que necesita odiar al mundo, la válvula de escape que necesita el zumbido, como una sangría para depurar tu organismo.
Saludos
lunes, 19 de noviembre de 2012
La pareja del autobús
Montan en el autobús como desconocidos, sin embargo él se sienta en paralelo a ella, no en el asiento contiguo (ella está sentada junto a la ventana) sino el del otro lado del pasillo y la mira directamente, todo su enorme cuerpo girado hacia ella, con sus piernas estorbando el paso, tanto que tiene que sentarse de forma natural para permitirme sentarme en los asientos finales del autobús.
Me inquieta la actitud de ambos y la discordancia de sus cuerpos. Como ya he dicho él es enorme, cerca de los dos metros y muy por encima de los 100 kilos. Se comporta torpe, nervioso, casi perturbado. Ella es menuda, poca cosa. Discreta, hace como que no lo ve, ignorándolo deliberadamente.
La cosa comienza a preocuparme cuando, sin motivo aparente (aunque acorde a su comportamiento errático), él cambia su asiento por el que está al lado de ella. Ahora, la abismal diferencia de sus cuerpos se hace más patente si cabe (yo estoy sentado justo tras ellos).
Me fijo en su cara (la de ella no puedo verla) mientras sigue mirándola, aunque por momentos vergonzoso, agache la cabeza. No parece demasiado inteligente, casi como un perro buscando la aprobación de su amo tras una trastada. Creo adivinar una bondad turbia en sus gestos, de ese tipo de gente que es buena hasta que, a fuerza de collejas en el colegio, cuando se cabrea lo hace con escándalo.
No soy el único que se ha fijado en el chaval. El pasajero que se sienta delante de ellos se gira de vez en cuando para vigilar la escena. Para entonces el chaval apoya sus brazos, y sobre estos su cabeza, en el respaldo del asiento que tiene frente a él. Es en ese momento cuando un gesto delata que se conocen: ella le da unos golpecitos en la pierna, atenta a que la posición adoptada por su compañero parece importunar al pasajero vigilante.
Él, perro reprendido por su amo, se sienta formal, con la espalda pegada al respaldo.
Ella, comprensiva y dispuesta a solucionar lo que quiera que haya pasado entre ellos, apoya cariñosa la cabeza en su hombro mientras le abraza el brazo. Hasta yo puedo sentir que todo va bien. Una conversación (su relación normal) se reinicia orgánicamente, con naturalidad.
Podría quitarme los auriculares y escuchar su conversación, descubrir la relación que los une o comprobar si el tono de sus voces demuestra lo mismo que sus gestos.
Pero hay gestos que por sí mismos merecen un texto.
Saludos
Me inquieta la actitud de ambos y la discordancia de sus cuerpos. Como ya he dicho él es enorme, cerca de los dos metros y muy por encima de los 100 kilos. Se comporta torpe, nervioso, casi perturbado. Ella es menuda, poca cosa. Discreta, hace como que no lo ve, ignorándolo deliberadamente.
La cosa comienza a preocuparme cuando, sin motivo aparente (aunque acorde a su comportamiento errático), él cambia su asiento por el que está al lado de ella. Ahora, la abismal diferencia de sus cuerpos se hace más patente si cabe (yo estoy sentado justo tras ellos).
Me fijo en su cara (la de ella no puedo verla) mientras sigue mirándola, aunque por momentos vergonzoso, agache la cabeza. No parece demasiado inteligente, casi como un perro buscando la aprobación de su amo tras una trastada. Creo adivinar una bondad turbia en sus gestos, de ese tipo de gente que es buena hasta que, a fuerza de collejas en el colegio, cuando se cabrea lo hace con escándalo.
No soy el único que se ha fijado en el chaval. El pasajero que se sienta delante de ellos se gira de vez en cuando para vigilar la escena. Para entonces el chaval apoya sus brazos, y sobre estos su cabeza, en el respaldo del asiento que tiene frente a él. Es en ese momento cuando un gesto delata que se conocen: ella le da unos golpecitos en la pierna, atenta a que la posición adoptada por su compañero parece importunar al pasajero vigilante.
Él, perro reprendido por su amo, se sienta formal, con la espalda pegada al respaldo.
Ella, comprensiva y dispuesta a solucionar lo que quiera que haya pasado entre ellos, apoya cariñosa la cabeza en su hombro mientras le abraza el brazo. Hasta yo puedo sentir que todo va bien. Una conversación (su relación normal) se reinicia orgánicamente, con naturalidad.
Podría quitarme los auriculares y escuchar su conversación, descubrir la relación que los une o comprobar si el tono de sus voces demuestra lo mismo que sus gestos.
Pero hay gestos que por sí mismos merecen un texto.
Saludos
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