Tocan a la puerta con los nudillos, pero no quiero abrir. No es que me apetezca estar solo; abrazaría con ansia a la persona al otro lado de la puerta si fuera la adecuada. Pero no lo sabré. He decidido seguir aquí sentado a la espera de no sé bien el qué.
Insisten. Golpean algo más fuerte esta vez. Como si así pudieran convencerme o despertar mi interés lo suficiente como para hacerme levantarme y abrir. Desconocen la paciencia de una persona desmotivada. Ni me molestaré en gritar para que se vaya quienquiera que esté al otro lado de la puerta.
Ahora los golpes son violentos, impacientes. Parecen saber que estoy aquí dentro. Me asusta. Cada golpe altera mi pequeño y calmo entorno. Empiezo a dudar sobre lo que hacer: aquí dentro estoy seguro, desde hace tiempo lo vengo comprobando pero, ¿y si ahí fuera pasase algo importante? ¿Y si la persona al otro lado de la puerta fuese la adecuada, esa que llevo tiempo esperando y que nunca he salido a buscar?
Los golpes pasan a ser rítmicos. Toc-toc-toc seguidos por varios segundos de silencio. La misma secuencia repitiéndose. Me incorporo inquieto, alarmado. ¿Será una especie de código, una llamada de socorro?
De repente, el silencio. Si hay alguien al otro lado de la puerta se ha rendido y simplemente se ha quedado ahí esperando a que asome. O puede que se haya marchado dándome por imposible. ¿Habré decepcionado a quién estaba llamando a mi puerta? ¿Qué eran esas últimas llamadas? La tensión me araña el estómago y no puedo soportarlo. Con decisión, me dirijo hacia la puerta.
Giro el pomo y, al tirar de ella, no consigo abrir. Me parece extraño no conocer mi propia puerta pero, por si acaso, empujo. Mismo resultado. La puerta permanece inamovible. Desesperado, claustrofóbico, empiezo a zarandear la puerta de dentro a fuera pero nada cambia. Estoy definitivamente encerrado.
En un alarde de clarividencia deduzco que han clavado la puerta. Toc-toc-toc: tres golpes precisos para clavar una puntilla. Varios segundos de silencio para coger una nueva puntilla y repetir el proceso.
Muero por abrir. No quiero permanecer solo para siempre; ni un minuto más.
Quizá no me quede más remedio. Quizá esa puerta estaba sellada por dentro mucho antes que clavada por fuera.
Saludos
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martes, 14 de octubre de 2014
viernes, 24 de mayo de 2013
Violencia
Rompe algo.
Arrójalo contra el suelo, con fuerza. Vuélcalo. Atraviesa un cristal con lo que sea. Que algo valioso pase a ser inservible. La destrucción por el placer de la destrucción. Sólo por escuchar el armonioso estruendo de algo grande rompiéndose, algo que necesitó un trabajo para construirse y que tú puedes desmoronar en un segundo, lo que dura un arrebato de furia.
Quema algo.
La hipnótica danza rojiza de las llamas, como una bailarina seduciéndote. Luz, humo y luego cenizas. Convierte en realidad ese fuego que te quema por dentro. Purificación a través de la desintegración.
Golpea a alguien.
El último escalón. La solución definitiva. Hueso contra hueso. Una prueba de fragilidad. Sangre que brota de heridas abiertas, no las tuyas, las de alguien que, bajo tu incompresible criterio, se lo merezca. El agradable triunfo de la insensatez sobre la racionalidad.
Después, la calma.
Ya no hay rabia, ya no hay ira. Sólo la certeza de que, a pesar de todo, sigues latiendo vida.
Saludos
Arrójalo contra el suelo, con fuerza. Vuélcalo. Atraviesa un cristal con lo que sea. Que algo valioso pase a ser inservible. La destrucción por el placer de la destrucción. Sólo por escuchar el armonioso estruendo de algo grande rompiéndose, algo que necesitó un trabajo para construirse y que tú puedes desmoronar en un segundo, lo que dura un arrebato de furia.
Quema algo.
La hipnótica danza rojiza de las llamas, como una bailarina seduciéndote. Luz, humo y luego cenizas. Convierte en realidad ese fuego que te quema por dentro. Purificación a través de la desintegración.
Golpea a alguien.
El último escalón. La solución definitiva. Hueso contra hueso. Una prueba de fragilidad. Sangre que brota de heridas abiertas, no las tuyas, las de alguien que, bajo tu incompresible criterio, se lo merezca. El agradable triunfo de la insensatez sobre la racionalidad.
Después, la calma.
Ya no hay rabia, ya no hay ira. Sólo la certeza de que, a pesar de todo, sigues latiendo vida.
Saludos
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