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jueves, 29 de enero de 2015

Sangre

Me piden sangre. Que me aleje de esos escritos ñoños y sensibleros que últimamente, es cierto, son habituales.
Me piden sangre como si fuese fácil, como si alejarme de eso no fuese parte de un plan para hacer mi vida algo más luminosa. Hablar de sangre lo deja todo perdido, de un color marrón parduzco que se pega a la piel e inunda y atora cada poro hasta que esbozar una sonrisa duele y desgarra la piel.
Me piden sangre como si bastase pulsar un botón, darle la vuelta a la moneda y usar la otra cara: una cara pintarrajeada y llena de cicatrices preguntando ¿Por qué tan serio?. La cara de alguien que no querrías tener cerca, la de alguien al que no podrías llamar nunca amigo.
Me piden sangre como si no estuviese deseando regalarla, empezando por la de aquellos que estorban en las aceras y por los que no respetan los ceda el paso. Lo que sería el comienzo de una larga lista de culpables a mis ojos, de inocentes a ojos del resto.
Me piden sangre como si alguna vez hubiese dejado de ofrecerla. Que en los últimos tiempos fuese la mía, la que se derrama con cada latido de desengaño, la que intento recuperar usando las manos como un cuenco pero se escurre entre los dedos, no debería suponer una diferencia.
Me piden sangre como quien saca a pasear la parte violenta de su psique, una parte brutal y sádica amarrada al raciocinio por cadenas de gruesos eslabones, tan poderosa que aprovecharía cualquier oportunidad para tomar el control y provocar el caos.
Me piden sangre y me encantaría bañarme en ella, sentir su calidez ferrosa y pegajosa, recibir una oleada que saliese abruptamente de un ascensor en un hotel de montaña. Recibir su bautismo y entregarme a ella, todo rojo y chorreante para siempre.

Me piden sangre pero, simplemente, no estoy de humor ni es el momento.


Saludos

viernes, 24 de mayo de 2013

Violencia

Rompe algo.
Arrójalo contra el suelo, con fuerza. Vuélcalo. Atraviesa un cristal con lo que sea. Que algo valioso pase a ser inservible. La destrucción por el placer de la destrucción. Sólo por escuchar el armonioso estruendo de algo grande rompiéndose, algo que necesitó un trabajo para construirse y que tú puedes desmoronar en un segundo, lo que dura un arrebato de furia.

Quema algo.
La hipnótica danza rojiza de las llamas, como una bailarina seduciéndote. Luz, humo y luego cenizas. Convierte en realidad ese fuego que te quema por dentro. Purificación a través de la desintegración.

Golpea a alguien.
El último escalón. La solución definitiva. Hueso contra hueso. Una prueba de fragilidad. Sangre que brota de heridas abiertas, no las tuyas, las de alguien que, bajo tu incompresible criterio, se lo merezca. El agradable triunfo de la insensatez sobre la racionalidad.

Después, la calma.
Ya no hay rabia, ya no hay ira. Sólo la certeza de que, a pesar de todo, sigues latiendo vida.


Saludos

martes, 25 de septiembre de 2012

Vs.

¿Donde quedaron aquellos relatos crudos y violentos, deliberadamente explícitos? ¿Será cosa de la edad, como la evolución de los raperos de los que llevo escuchando temas desde sus dieci-largos hasta sus actuales treinta y tantos?
Noto cierto malestar por haber dejado de lado esa faceta en la que tan cómodo me sentía, y aún más molesto al comprobar que la he sustituido por una vertiente, no ya más blanda, casi cursi y ñoña.
Si al menos destilase cierto veneno y mala baba envueltos en áspero sarcasmo la cosa tendría un pase, pero no es el caso. Ahora todo es hadas y música de liras.

No pasa nada: demostrar mis sentimientos es síntoma de madurez y crecimiento personal. ¿Y qué si olvidé esa temática desagradable y de estilo fácil? Así llego a más gente que se siente identificada con lo que escribo. Como en aquella canción en cada letra, en cada palabra, habrá un mensaje oculto sobre un chico que ama a una chica.
¿Y lo sorprendente que sería que alguien captase según que mensajes?

No estoy muerto. Demuestran con sus palabras que así lo creen, pero no es cierto.
¿Cómo matas  a tus demonios?
Simplemente ahora no es mi momento. En tiempos más oscuros volveré a necesitarme.
Será entonces cuando volveré desgarrando tripas y destripando conciencias, igual que Freddy Krueger volvía en las pesadillas.
La violencia se contiene hasta que explota. Así ha sido siempre y así volverá a ser.


Saludos

miércoles, 15 de octubre de 2008

Recordando: Las consecuencias de mis actos (Relato)

Nunca he soportado a la gente que no es capaz de afrontar las consecuencias de sus actos. Me refiero a ese tipo de gente que, después de haber pegado a su mujer o sus hijos, o después de haber atropellado a alguien con su coche último modelo, cuando están delante de un juez se escudan en que estaban borrachos o drogados para ver reducidas sus condenas. Es algo que me revienta por dentro. Si tuviste los huevos de hacerlo ten los huevos de ser consecuente con tu acción. Pero esto, por ahora, no viene al caso.
La cuestión es que, cuando me di cuenta, iban andando los dos unos metros por delante mía. No me habían visto. No sé de dónde habían salido pero estaban de espaldas a mí. Nunca nos habían presentado pero ambos sabían quien era yo al igual que yo sabía quienes eran ellos. Y lo más importante: en su momento me habían faltado al respeto.
Quizá no lo habían hecho intencionadamente pero, quieras o no, lo que haces lo has hecho. Quizá para ellos lo que hicieron no era una falta de respeto; pero para mi, que era el afectado, sí lo era y eso es lo que importa. Sí es verdad que no me lo habían hecho directamente pero, a mi modo de ver, cuando le faltas el respeto a un amigo mío me lo estás faltando a mi. Y eso es ley.
Mi primer instinto fue el de calmarme. Relajarme. Respiración profunda, contar hasta diez y todo ese rollo. Cualquier cosa que hiciese de las que se me estaban ocurriendo no podía traerme más que problemas. Y ahí estaba las decisión: honor o problemas. Para mi estaba claro, pero mi gente, mi familia, mis amigos no lo comprenderían. Lo verían desproporcionado. Fuera de toda ética humana. Ahí enfrente mía seguían los dos, actuando como dos perfectos subnormales. Riéndose a carcajadas como niñas colegialas a la hora del recreo. Pegándole patadas a una botella de plástico como si tuviesen cinco años. Con su actitud de pasotismo e inocencia. Supongo que eso fue la gota que colmó el vaso.
Sentí como la rabia me recorría el cuerpo, nublándome la vista, obcecándome en mis objetivos. Ultra-violencia. Una nueva naranja mecánica. Cogí un ladrillo de una obra cercana. Al primero de ellos le hundí la sien derecha de un golpe. Fue curioso comprobar como su cabeza y el ladrillo se quebraron al unísono con el impacto. Ambas cosas la misma fragilidad. Para cuando el segundo se quiso girar ya le había clavado el ladrillo roto en el cuello. Saqué el paquete de tabaco y encendí un cigarrillo. La nicotina me relajó el pulso. Mientras esperaba a la policía les vi como se atragantaban con su propia sangre. Vi como reducían el ritmo y fuerza de su respiración. Vi como morían.
Mientras esperaba a la policía fumaba un cigarrillo y pensaba en que nunca había soportado a la gente que no es capaz de afrontar las consecuencias de sus actos...

Saludos