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domingo, 5 de mayo de 2013

Oración 11

Quiero terminar lo que parece haber comenzado. No es algo tan extraño. Nada está completo hasta que se acaba.
Me río porque, tal y como empieza, el camino va a ser tortuoso.
Como en cualquier guerra, esquivas balas esperando que alguna de las tuyas acierte.
Tras un mes prolíficamente febril, todo hace prever uno más calmado. Aunque esto es como el viento, va por rachas.
Horas de descanso y espera. El vasto Internet ante ti.
Tener en común el bailar sin motivo (y sin música) debe significar algo.
A veces el cerebro entra en suspensión y eso es un día echado por alto. Improductivo y soporífero.
Al contrario que siendo un peón en el ajedrez, aquí si agotas tus movimientos y llegas hasta el final del tablero no evolucionas a algo mejor, simplemente no hay nada más que puedas hacer.
Una lista de reproducción infinita sería más que suficiente.
Si no entiendes el juego, imagina jugarlo en otro idioma.
Saltando de ventana en ventana como si eso acelerase las respuestas. Como el que aprieta varias veces el botón del ascensor esperando que se mueva más rápido.
En busca de esa gran frase que todo texto debe tener.
Las mil veces que me he equivocado...


Saludos

jueves, 21 de febrero de 2013

Declaración de intenciones / Boceto

El triunfo de la novedad sobre la rutina se va revirtiendo día tras día. Es normal, y necesario.
Sin embargo, entre esa cada vez más poderosa rutina, cada día deja deslizarse alguna sorpresa, algún acontecimiento que te hace recordar (como si en algún momento se me olvidase) que no estás en casa y que el suelo que pisas no es el mismo de siempre.
Pero no quiero que esto se convierta en un blog de experiencias en el extranjero: hay muchos y escritos con más ganas de las que yo podría poner en esa tarea.
Intentaré mantener mis contenidos habituales aunque, igual que el contexto forma parte de la historia, mi contexto se dejará ver, esquivo, con pinceladas aquí y allá.


Cada vez que miraba por su ventana intentaba recordar caras hacía tiempo olvidadas, como si en ese marco hubiese una puerta al pasado en vez del mismo paisaje de todos los días.


Saludos

viernes, 7 de diciembre de 2012

La ventana indiscreta (Relato)

El tipo se pasaba el día entero mirando por la ventana: desde el amanecer hasta el anochecer. Las cálidas noches de verano, incluso más tiempo.
Al principio pensé que solo era casualidad: las veces que yo me asomaba a la ventana, bien porque escuchaba algún ruido o simplemente algo me llamaba la atención, o que salía al balcón para tender ropa o regar las plantas lo podía ver en el bloque de enfrente, sentado en una silla de mimbre con unos cojines floreados con el color perdido por los años y el sol. Siempre en la misma ventana, siempre sentado en la misma dirección.
Sin embargo, a fuerza de comprobarlo, me di cuenta de que simplemente estaba allí todo el tiempo, mirando por la ventana sin más. Cada rato cambiaba de posición, parecía acomodarse y continuaba con su labor de vigilancia sin sentido.
Durante días me pasé horas observándole, intentando descifrar algún comportamiento extraño más allá del mundano hecho de sentarse en una silla junto a la ventana. Reproduje sus horarios para que no se me escapase en ningún momento. Como los policías de las películas que hacen del coche su casa durante una vigilancia, la habitación desde la que mejor podía observarle se convirtió en el único sitio en el que pasaba mi tiempo, siempre atento a cualquier signo delator.
Casi se convirtió en un quebradero de cabeza descubrir qué hacía siempre allí. Me montaba películas e historias, algunas realistas y algunas descabelladas: algún tipo de desorden mental, una espera por la persona amada (como en aquella canción de Maná), un miedo irracional a algo o alguien...
En absoluto estaba preparado para la explicación que él mismo me contó.
Un día decidí acercarme a su casa para resolver el enigma. Comprendí que era ridículo esperar a que algo pasase, era yo el que tenía que cambiar las cosas.
Crucé la calle y subí al piso que había contado desde mi casa. Cuando toqué a la puerta lo hice con cierto temor de lo que podría encontrarme: qué historia triste o loca me esperaba al cruzar ese umbral.
Para mi sorpresa, el hombre que abrió la puerta, el mismo al que llevaba días observando, lo hizo con una cortesía exquisita y con un aspecto perfectamente normal. Obviamente no me conocía, por lo que me dispuse a contarle la excusa que llevaba preparada, en parte verdad en parte ficción: que por casualidad le había visto varios días (no le dije cuantos días) sentado en el mismo sitio y que, ante la posibilidad de que necesitase asistencia médica, me había acercado para ver si todo iba bien.
-¡Oh, no, no, no!- dijo riéndose -Es usted muy amable, pero no tenía por qué preocuparse. Sígame y le explicaré.
Entré con él a su casa y me condujo hasta la ventana en la que le veía siempre sentado. Desde allí también se podía ver mi casa y la ventana desde la que le observaba, pero la silla estaba encarada en otra dirección.
-Mire en ese bloque- señalaba con su dedo un edificio al otro lado de la carretera, varios portales calle abajo -Ahora fíjese en el tercer piso, la ventana que hace esquina. ¿Ve a ese hombre sentado mirando hacia la calle? Pues no se lo va a creer pero ¡se pasa el día ahí sentado! ¡Todo el día! ¿No le parece extraño? Llevo un tiempo observándolo y todavía no he averiguado por qué lo hace, pero con el tiempo lo averiguaré.
Mi cara debía reflejar exactamente lo que sentía: una mezcla entre asombro y miedo por su evidente locura. No por su locura, sino por lo cerca que había estado de ser también la mía. El tipo, tan enfrascado como estaba contándome los horarios de su observado, no pareció percatarse de la extrañeza en mi rostro.
No recuerdo la excusa que balbuceé para salir de allí pitando, pero antes de que pudiera darse cuenta yo bajaba las escaleras con la esperanza de olvidar para siempre aquella extraña cadena de la que casi me convierto en un eslabón.



Saludos