-¿Qué hacía en la sala VIP de aquel local?
-Supongo que, como todos los que estábamos allí, fui con mi novia y varios amigos a ver el concierto. Si se refiere concretamente a la sala VIP el caso es que conozco a uno de los dueños del local. Por lo que me contó habían tenido problemas con las entradas y se habían vendido de más, por lo que para descongestionar la zona general los dueños pasaron a sus amigos a la zona VIP, entre ellos la gente con la que iba y yo.
-¿Conocía de algo al señor Ramiro Jiménez, el otro denunciado?
-Aquella fue la primera noche que lo vi.
-¿Cómo se conocieron? ¿Hablaron de algo?
-Mi novia estaba sentada en un taburete, como los de los bares, y teníamos nuestras chaquetas colgadas del respaldo. Con algún movimiento la chaqueta de mi novia se cayó al suelo sin que nos diéramos cuenta. Ahí fue cuando conocí al tal Ramiro: él la recogió del suelo y me la dio. No llegamos a hablar de nada, simplemente le di las gracias y él me levantó el pulgar como diciendo "No hay de qué".
-Y al señor Luís Prieto, el denunciante, ¿lo conocía?
-Nunca lo había visto en mi vida. Lo sabría porque es alguien que no pasa desapercibido ¿no cree?
-Supongo. Pero continuemos: después de que Ramiro Jiménez le devolviese la chaqueta ¿qué pasó?
-Volví a colgarla del respaldo, esta vez con más cuidado, para que no volviese a caer. Luego seguí atento al concierto, sin más.
-¿Qué hacía mientras tanto Ramiro Jiménez?
-Bueno, como le he dicho yo estaba atento al escenario, pero había ratos en los que me tapaba la vista la gente que estaba delante mía. Eché una ojeada alrededor y lo vi abrazándose efusivamente con otro tipo. Supuse que sería algún amigo o algo así.
-¿Sólo eso? ¿No molestaba al señor Prieto o hablaba con él?
-Al menos no de forma directa. Como le digo estaba abrazándose con un amigo y ambos visiblemente borrachos, por lo que se tambaleaban peligrosamente, pero sin ninguna maldad.
-¿Fue entonces cuando empezaron los problemas?
-Pues si. En uno de sus tambaleos chocaron con el otro tipo, derramándole completamente su copa. Desde el primer instante se notó en su cara que no le había gustado nada. Los otros dos mientras tanto ni se habían dado cuenta.
-¿Quién comenzó el enfrentamiento?
-Al que le tiraron la copa. Se encaró con los otros dos y empezó a gesticular y a gritar, aunque con la música tan alta no pude escuchar lo que decía.
-¿Cómo se desarrolló la pelea?
-Los dos amigos iban bastante borrachos, así que cuando vieron a aquella mole braceando a su lado lo tomaron a risa y empezaron a descojonarse. Aquello no pareció sentarle bien al otro tipo que cada vez estaba más enfadado. Cuando los otros dos dejaron de hacerle caso, su enfado llegó a algún límite y empezaron los golpes: cogió al amigo de Ramiro, lo giró hacia él y lo tumbó de un puñetazo. A Ramiro no le di tiempo a reaccionar cuando ya lo tenía agarrado y comenzó a golpearle en la cara una y otra vez sin soltarle de la camiseta. Colgaba de su mano como un muñeco de tamaño real.
-Y ahí fue cuando usted intervino, ¿cierto?
-Cierto.
-¿Qué hizo usted exactamente?
-Bueno, apenas tuve tiempo de pensarlo: a un par de metros le estaban pegado una paliza mortal a un tipo que no se la había ganado. Por instinto bajé a mi novia del taburete, lo cogí por la patas y con la inercia de mi movimiento golpeé con todas mis fuerzas al tipo. Si no recuerdo mal le di de lleno en la cabeza, un poco por encima de la oreja. Sólo esperaba desconcertarlo, aturdirlo quizá, pero lo noqueé. Supongo que no pensé en el daño que podría causar.
-¿Por qué lo hizo? ¿Por qué intervino de esa manera en una pelea que no iba con usted, entre dos desconocidos?
-Verá, puede parecerle una estupidez, y ahora en frío fue a todas luces una equivocación, pero Ramiro había recogido la chaqueta de mi novia, un gesto de cortesía con unos desconocidos, y a mi me han educado para devolver los favores...
Saludos
domingo, 16 de diciembre de 2012
martes, 11 de diciembre de 2012
Una sonrisa estúpida (Relato)
-Persigues fantasmas. Sombras, si quieres.
Tenían razón. Siempre fui un soñador, uno de esos alocados ingenuos que buscan no saben muy bien el qué, pero que cuando encuentran aquello que no esperaban, se aferran a ello para disfrutarlo más allá de lo posible.
-Es fácil vivir sin sueños.
Esa era mi contestación, siempre. Es fácil caminar por este valle de lágrimas que dicen que es la vida sin más objetivo que sobrevivir y mantener a buen resguardo las migas de pan que, como hormigas, hemos guardado durante el verano a la espera del duro invierno.
Lo difícil es levantarse cada mañana con una sonrisa estúpida en la cara, no porque vayamos a conseguir nada ese día, sino porque cuando la noche vuelva a vencer al día y caigamos rendidos en la cama, habremos hecho lo posible por propagar la llama de nuestra ilusión.
Y así es como los sueños se mantienen y se forjan, con la mera esperanza de que en algún momento de nuestra existencia y gracias a haber trabajado nuestra fe, las cosas, simplemente, echen a rodar.
Saludos
Especial dedicación a aquellos que, a pesar de haber dejado de perseguir (momentáneamente) sus sueños, no han dejado de alimentarlos.
Tenían razón. Siempre fui un soñador, uno de esos alocados ingenuos que buscan no saben muy bien el qué, pero que cuando encuentran aquello que no esperaban, se aferran a ello para disfrutarlo más allá de lo posible.
-Es fácil vivir sin sueños.
Esa era mi contestación, siempre. Es fácil caminar por este valle de lágrimas que dicen que es la vida sin más objetivo que sobrevivir y mantener a buen resguardo las migas de pan que, como hormigas, hemos guardado durante el verano a la espera del duro invierno.
Lo difícil es levantarse cada mañana con una sonrisa estúpida en la cara, no porque vayamos a conseguir nada ese día, sino porque cuando la noche vuelva a vencer al día y caigamos rendidos en la cama, habremos hecho lo posible por propagar la llama de nuestra ilusión.
Y así es como los sueños se mantienen y se forjan, con la mera esperanza de que en algún momento de nuestra existencia y gracias a haber trabajado nuestra fe, las cosas, simplemente, echen a rodar.
Saludos
Especial dedicación a aquellos que, a pesar de haber dejado de perseguir (momentáneamente) sus sueños, no han dejado de alimentarlos.
viernes, 7 de diciembre de 2012
La ventana indiscreta (Relato)
El tipo se pasaba el día entero mirando por la ventana: desde el amanecer hasta el anochecer. Las cálidas noches de verano, incluso más tiempo.
Al principio pensé que solo era casualidad: las veces que yo me asomaba a la ventana, bien porque escuchaba algún ruido o simplemente algo me llamaba la atención, o que salía al balcón para tender ropa o regar las plantas lo podía ver en el bloque de enfrente, sentado en una silla de mimbre con unos cojines floreados con el color perdido por los años y el sol. Siempre en la misma ventana, siempre sentado en la misma dirección.
Sin embargo, a fuerza de comprobarlo, me di cuenta de que simplemente estaba allí todo el tiempo, mirando por la ventana sin más. Cada rato cambiaba de posición, parecía acomodarse y continuaba con su labor de vigilancia sin sentido.
Durante días me pasé horas observándole, intentando descifrar algún comportamiento extraño más allá del mundano hecho de sentarse en una silla junto a la ventana. Reproduje sus horarios para que no se me escapase en ningún momento. Como los policías de las películas que hacen del coche su casa durante una vigilancia, la habitación desde la que mejor podía observarle se convirtió en el único sitio en el que pasaba mi tiempo, siempre atento a cualquier signo delator.
Casi se convirtió en un quebradero de cabeza descubrir qué hacía siempre allí. Me montaba películas e historias, algunas realistas y algunas descabelladas: algún tipo de desorden mental, una espera por la persona amada (como en aquella canción de Maná), un miedo irracional a algo o alguien...
En absoluto estaba preparado para la explicación que él mismo me contó.
Un día decidí acercarme a su casa para resolver el enigma. Comprendí que era ridículo esperar a que algo pasase, era yo el que tenía que cambiar las cosas.
Crucé la calle y subí al piso que había contado desde mi casa. Cuando toqué a la puerta lo hice con cierto temor de lo que podría encontrarme: qué historia triste o loca me esperaba al cruzar ese umbral.
Para mi sorpresa, el hombre que abrió la puerta, el mismo al que llevaba días observando, lo hizo con una cortesía exquisita y con un aspecto perfectamente normal. Obviamente no me conocía, por lo que me dispuse a contarle la excusa que llevaba preparada, en parte verdad en parte ficción: que por casualidad le había visto varios días (no le dije cuantos días) sentado en el mismo sitio y que, ante la posibilidad de que necesitase asistencia médica, me había acercado para ver si todo iba bien.
-¡Oh, no, no, no!- dijo riéndose -Es usted muy amable, pero no tenía por qué preocuparse. Sígame y le explicaré.
Entré con él a su casa y me condujo hasta la ventana en la que le veía siempre sentado. Desde allí también se podía ver mi casa y la ventana desde la que le observaba, pero la silla estaba encarada en otra dirección.
-Mire en ese bloque- señalaba con su dedo un edificio al otro lado de la carretera, varios portales calle abajo -Ahora fíjese en el tercer piso, la ventana que hace esquina. ¿Ve a ese hombre sentado mirando hacia la calle? Pues no se lo va a creer pero ¡se pasa el día ahí sentado! ¡Todo el día! ¿No le parece extraño? Llevo un tiempo observándolo y todavía no he averiguado por qué lo hace, pero con el tiempo lo averiguaré.
Mi cara debía reflejar exactamente lo que sentía: una mezcla entre asombro y miedo por su evidente locura. No por su locura, sino por lo cerca que había estado de ser también la mía. El tipo, tan enfrascado como estaba contándome los horarios de su observado, no pareció percatarse de la extrañeza en mi rostro.
No recuerdo la excusa que balbuceé para salir de allí pitando, pero antes de que pudiera darse cuenta yo bajaba las escaleras con la esperanza de olvidar para siempre aquella extraña cadena de la que casi me convierto en un eslabón.
Saludos
Al principio pensé que solo era casualidad: las veces que yo me asomaba a la ventana, bien porque escuchaba algún ruido o simplemente algo me llamaba la atención, o que salía al balcón para tender ropa o regar las plantas lo podía ver en el bloque de enfrente, sentado en una silla de mimbre con unos cojines floreados con el color perdido por los años y el sol. Siempre en la misma ventana, siempre sentado en la misma dirección.
Sin embargo, a fuerza de comprobarlo, me di cuenta de que simplemente estaba allí todo el tiempo, mirando por la ventana sin más. Cada rato cambiaba de posición, parecía acomodarse y continuaba con su labor de vigilancia sin sentido.
Durante días me pasé horas observándole, intentando descifrar algún comportamiento extraño más allá del mundano hecho de sentarse en una silla junto a la ventana. Reproduje sus horarios para que no se me escapase en ningún momento. Como los policías de las películas que hacen del coche su casa durante una vigilancia, la habitación desde la que mejor podía observarle se convirtió en el único sitio en el que pasaba mi tiempo, siempre atento a cualquier signo delator.
Casi se convirtió en un quebradero de cabeza descubrir qué hacía siempre allí. Me montaba películas e historias, algunas realistas y algunas descabelladas: algún tipo de desorden mental, una espera por la persona amada (como en aquella canción de Maná), un miedo irracional a algo o alguien...
En absoluto estaba preparado para la explicación que él mismo me contó.
Un día decidí acercarme a su casa para resolver el enigma. Comprendí que era ridículo esperar a que algo pasase, era yo el que tenía que cambiar las cosas.
Crucé la calle y subí al piso que había contado desde mi casa. Cuando toqué a la puerta lo hice con cierto temor de lo que podría encontrarme: qué historia triste o loca me esperaba al cruzar ese umbral.
Para mi sorpresa, el hombre que abrió la puerta, el mismo al que llevaba días observando, lo hizo con una cortesía exquisita y con un aspecto perfectamente normal. Obviamente no me conocía, por lo que me dispuse a contarle la excusa que llevaba preparada, en parte verdad en parte ficción: que por casualidad le había visto varios días (no le dije cuantos días) sentado en el mismo sitio y que, ante la posibilidad de que necesitase asistencia médica, me había acercado para ver si todo iba bien.
-¡Oh, no, no, no!- dijo riéndose -Es usted muy amable, pero no tenía por qué preocuparse. Sígame y le explicaré.
Entré con él a su casa y me condujo hasta la ventana en la que le veía siempre sentado. Desde allí también se podía ver mi casa y la ventana desde la que le observaba, pero la silla estaba encarada en otra dirección.
-Mire en ese bloque- señalaba con su dedo un edificio al otro lado de la carretera, varios portales calle abajo -Ahora fíjese en el tercer piso, la ventana que hace esquina. ¿Ve a ese hombre sentado mirando hacia la calle? Pues no se lo va a creer pero ¡se pasa el día ahí sentado! ¡Todo el día! ¿No le parece extraño? Llevo un tiempo observándolo y todavía no he averiguado por qué lo hace, pero con el tiempo lo averiguaré.
Mi cara debía reflejar exactamente lo que sentía: una mezcla entre asombro y miedo por su evidente locura. No por su locura, sino por lo cerca que había estado de ser también la mía. El tipo, tan enfrascado como estaba contándome los horarios de su observado, no pareció percatarse de la extrañeza en mi rostro.
No recuerdo la excusa que balbuceé para salir de allí pitando, pero antes de que pudiera darse cuenta yo bajaba las escaleras con la esperanza de olvidar para siempre aquella extraña cadena de la que casi me convierto en un eslabón.
Saludos
domingo, 2 de diciembre de 2012
Saque y volea
Brotes verdes reviven en esta tierra antaño árida y hostil. Eso me obliga a pensar mi estúpida alegría.
Los consejos y maneras aplicados parecen dar sus frutos después de una distancia dilatada en el tiempo que, una vez más, parecía insalvable.
Igual que con lo que me espera dentro de dos meses, debo evitar las expectativas. El cuento de la lechera y todo eso.
No es día de parrafadas. Es día de susurrar acontecimientos y resguardarse del frío.
Juego corto y al pie. Saque y volea.
Y el que lo pueda entender lo entenderá.
Saludos
Especial dedicación al hombre cuyos consejos han motivado los recientes acontecimientos.
Los consejos y maneras aplicados parecen dar sus frutos después de una distancia dilatada en el tiempo que, una vez más, parecía insalvable.
Igual que con lo que me espera dentro de dos meses, debo evitar las expectativas. El cuento de la lechera y todo eso.
No es día de parrafadas. Es día de susurrar acontecimientos y resguardarse del frío.
Juego corto y al pie. Saque y volea.
Y el que lo pueda entender lo entenderá.
Saludos
Especial dedicación al hombre cuyos consejos han motivado los recientes acontecimientos.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
LXXIX
-"¿Qué lenguaje puedo usar para que entiendas que lo que más me importa es lo que más me cuesta contar?" Doc Diamond - Sunshine Kids con Elphomega y Poli124
-"Prefiero comer bien a tu mierda de cocaína" Tote King y Shotta - Big Guns con C.Terrible
-"Haré lo que quiero que me hagan, ya ves. Voy a amar de verdad, sinceridad, voy a ser fiel. Haré las cosas si pensar, cabeza loca, si siento que se me sale el corazón por la boca. Voy a ser fuerte tiraré pa'lante aunque eso me cueste. Voy a darle un beso a mi madre antes de que se acueste" Tote King y Shotta - Voy a...
-"El indecoroso traqueteo de los tacones de los hombres y el restregar de sus suelas contra el suelo le recordaron el grado de cultura que le diferenciaba de ellos. Sólo conseguiría hacer el ridículo si les citaba una poesía que no pudieran comprender. Pensarían que estaba evidenciando su mejor educación. Fracasaría con ellos como había fracasado con la muchacha en la despensa. Había adoptado un tono equivocado. Todo su discurso era una equivocación del principio al fin, un absoluto fracaso." James Joyce - Dublineses: Los muertos
Saludos
-"Prefiero comer bien a tu mierda de cocaína" Tote King y Shotta - Big Guns con C.Terrible
-"Haré lo que quiero que me hagan, ya ves. Voy a amar de verdad, sinceridad, voy a ser fiel. Haré las cosas si pensar, cabeza loca, si siento que se me sale el corazón por la boca. Voy a ser fuerte tiraré pa'lante aunque eso me cueste. Voy a darle un beso a mi madre antes de que se acueste" Tote King y Shotta - Voy a...
-"El indecoroso traqueteo de los tacones de los hombres y el restregar de sus suelas contra el suelo le recordaron el grado de cultura que le diferenciaba de ellos. Sólo conseguiría hacer el ridículo si les citaba una poesía que no pudieran comprender. Pensarían que estaba evidenciando su mejor educación. Fracasaría con ellos como había fracasado con la muchacha en la despensa. Había adoptado un tono equivocado. Todo su discurso era una equivocación del principio al fin, un absoluto fracaso." James Joyce - Dublineses: Los muertos
Saludos
Referencias:
canciones,
Doc Diamond,
Dublineses,
Elphomega,
James Joyce,
libro,
Shotta,
Tote King
lunes, 26 de noviembre de 2012
Graznido: Cuando veo un grupo de señoras...
Cuando veo un grupo señoras venir hacia mí andando por la calle y sé (porque se sabe) que no se van a apartar, intento, al pasar por su lado, golpear con mi codo el bolso de alguna de ellas. Para que se asusten.
lunes, 19 de noviembre de 2012
La pareja del autobús
Montan en el autobús como desconocidos, sin embargo él se sienta en paralelo a ella, no en el asiento contiguo (ella está sentada junto a la ventana) sino el del otro lado del pasillo y la mira directamente, todo su enorme cuerpo girado hacia ella, con sus piernas estorbando el paso, tanto que tiene que sentarse de forma natural para permitirme sentarme en los asientos finales del autobús.
Me inquieta la actitud de ambos y la discordancia de sus cuerpos. Como ya he dicho él es enorme, cerca de los dos metros y muy por encima de los 100 kilos. Se comporta torpe, nervioso, casi perturbado. Ella es menuda, poca cosa. Discreta, hace como que no lo ve, ignorándolo deliberadamente.
La cosa comienza a preocuparme cuando, sin motivo aparente (aunque acorde a su comportamiento errático), él cambia su asiento por el que está al lado de ella. Ahora, la abismal diferencia de sus cuerpos se hace más patente si cabe (yo estoy sentado justo tras ellos).
Me fijo en su cara (la de ella no puedo verla) mientras sigue mirándola, aunque por momentos vergonzoso, agache la cabeza. No parece demasiado inteligente, casi como un perro buscando la aprobación de su amo tras una trastada. Creo adivinar una bondad turbia en sus gestos, de ese tipo de gente que es buena hasta que, a fuerza de collejas en el colegio, cuando se cabrea lo hace con escándalo.
No soy el único que se ha fijado en el chaval. El pasajero que se sienta delante de ellos se gira de vez en cuando para vigilar la escena. Para entonces el chaval apoya sus brazos, y sobre estos su cabeza, en el respaldo del asiento que tiene frente a él. Es en ese momento cuando un gesto delata que se conocen: ella le da unos golpecitos en la pierna, atenta a que la posición adoptada por su compañero parece importunar al pasajero vigilante.
Él, perro reprendido por su amo, se sienta formal, con la espalda pegada al respaldo.
Ella, comprensiva y dispuesta a solucionar lo que quiera que haya pasado entre ellos, apoya cariñosa la cabeza en su hombro mientras le abraza el brazo. Hasta yo puedo sentir que todo va bien. Una conversación (su relación normal) se reinicia orgánicamente, con naturalidad.
Podría quitarme los auriculares y escuchar su conversación, descubrir la relación que los une o comprobar si el tono de sus voces demuestra lo mismo que sus gestos.
Pero hay gestos que por sí mismos merecen un texto.
Saludos
Me inquieta la actitud de ambos y la discordancia de sus cuerpos. Como ya he dicho él es enorme, cerca de los dos metros y muy por encima de los 100 kilos. Se comporta torpe, nervioso, casi perturbado. Ella es menuda, poca cosa. Discreta, hace como que no lo ve, ignorándolo deliberadamente.
La cosa comienza a preocuparme cuando, sin motivo aparente (aunque acorde a su comportamiento errático), él cambia su asiento por el que está al lado de ella. Ahora, la abismal diferencia de sus cuerpos se hace más patente si cabe (yo estoy sentado justo tras ellos).
Me fijo en su cara (la de ella no puedo verla) mientras sigue mirándola, aunque por momentos vergonzoso, agache la cabeza. No parece demasiado inteligente, casi como un perro buscando la aprobación de su amo tras una trastada. Creo adivinar una bondad turbia en sus gestos, de ese tipo de gente que es buena hasta que, a fuerza de collejas en el colegio, cuando se cabrea lo hace con escándalo.
No soy el único que se ha fijado en el chaval. El pasajero que se sienta delante de ellos se gira de vez en cuando para vigilar la escena. Para entonces el chaval apoya sus brazos, y sobre estos su cabeza, en el respaldo del asiento que tiene frente a él. Es en ese momento cuando un gesto delata que se conocen: ella le da unos golpecitos en la pierna, atenta a que la posición adoptada por su compañero parece importunar al pasajero vigilante.
Él, perro reprendido por su amo, se sienta formal, con la espalda pegada al respaldo.
Ella, comprensiva y dispuesta a solucionar lo que quiera que haya pasado entre ellos, apoya cariñosa la cabeza en su hombro mientras le abraza el brazo. Hasta yo puedo sentir que todo va bien. Una conversación (su relación normal) se reinicia orgánicamente, con naturalidad.
Podría quitarme los auriculares y escuchar su conversación, descubrir la relación que los une o comprobar si el tono de sus voces demuestra lo mismo que sus gestos.
Pero hay gestos que por sí mismos merecen un texto.
Saludos
lunes, 12 de noviembre de 2012
Atardecer (Relato)
-Desde aquí se disfrutan unos atardeceres preciosos.
La casa, construida hacía varios años en lo alto de una colina, tenía unas privilegiadas vistas al mar y, efectivamente, los atardeceres que desde allí se podían observar eran dignos de ser vistos.
Sin embargo, el asunto dentro de la casa estaba mal de veras.
El propietario, un promotor inmobiliario abocado a la bancarrota, necesitaba vender urgentemente la casa que se había construido para su disfrute y retiro, cuando este llegase. Había dedicado a este, su proyecto personal, más tiempo que a cualquier lucrativo negocio. Se imaginaba a sí mismo, en un futuro lejano, viviendo en esa casa con su familia y compartiendo su vida en ella con una mujer en concreto.
Esa mujer en concreto, y aquí viene lo triste, es la misma a la que le estaba ofreciendo su casa. A ella y a su prometido, para ser más exactos.
A pesar de que se conocían desde hace años, tantos como duraba su amistad, y a que en ciertos momentos habían tenido acercamientos más o menos serios según la situación, nunca habían concretado su relación, dejándola por mero conformismo, en una sana amistad.
Pero, al igual que ocurre cuando a un niño le quitas un juguete, cuando vio que su relación iba en serio y que, finalmente, ella terminaba comprometiéndose, los sentimientos que permanecían aletargados cobraron viveza demasiado tarde.
Quizá en parte por eso, por su frustración personal, sus negocios comenzaron a ir de mal en peor, acabando por tener que malvender su futuro para intentar mantener su presente.
Ahora se encuentra ofreciendo la realización de parte de sus sueños a la parte no realizada de ese mismo sueño y su prometido. Doloroso renovado amor.
-Os dejo que lo penséis con calma. Yo tengo que irme, ya me devolveréis las llaves. En serio, no os vayáis de aquí sin haber visto el atardecer.
No podía aguantar más allí, viendo el sol bajar en el horizonte reflejándose en los ojos de ella mientras apoyaba su cabeza en el hombro de su prometido, que la abraza cariñoso.
Conduciendo colina abajo no puede borrar de su cabeza la imagen de la pareja, recortada al trasluz de los destellos naranja del crepúsculo del sol, mientras él cerraba la puerta de sus sueños.
Saludos
La casa, construida hacía varios años en lo alto de una colina, tenía unas privilegiadas vistas al mar y, efectivamente, los atardeceres que desde allí se podían observar eran dignos de ser vistos.
Sin embargo, el asunto dentro de la casa estaba mal de veras.
El propietario, un promotor inmobiliario abocado a la bancarrota, necesitaba vender urgentemente la casa que se había construido para su disfrute y retiro, cuando este llegase. Había dedicado a este, su proyecto personal, más tiempo que a cualquier lucrativo negocio. Se imaginaba a sí mismo, en un futuro lejano, viviendo en esa casa con su familia y compartiendo su vida en ella con una mujer en concreto.
Esa mujer en concreto, y aquí viene lo triste, es la misma a la que le estaba ofreciendo su casa. A ella y a su prometido, para ser más exactos.
A pesar de que se conocían desde hace años, tantos como duraba su amistad, y a que en ciertos momentos habían tenido acercamientos más o menos serios según la situación, nunca habían concretado su relación, dejándola por mero conformismo, en una sana amistad.
Pero, al igual que ocurre cuando a un niño le quitas un juguete, cuando vio que su relación iba en serio y que, finalmente, ella terminaba comprometiéndose, los sentimientos que permanecían aletargados cobraron viveza demasiado tarde.
Quizá en parte por eso, por su frustración personal, sus negocios comenzaron a ir de mal en peor, acabando por tener que malvender su futuro para intentar mantener su presente.
Ahora se encuentra ofreciendo la realización de parte de sus sueños a la parte no realizada de ese mismo sueño y su prometido. Doloroso renovado amor.
-Os dejo que lo penséis con calma. Yo tengo que irme, ya me devolveréis las llaves. En serio, no os vayáis de aquí sin haber visto el atardecer.
No podía aguantar más allí, viendo el sol bajar en el horizonte reflejándose en los ojos de ella mientras apoyaba su cabeza en el hombro de su prometido, que la abraza cariñoso.
Conduciendo colina abajo no puede borrar de su cabeza la imagen de la pareja, recortada al trasluz de los destellos naranja del crepúsculo del sol, mientras él cerraba la puerta de sus sueños.
Saludos
sábado, 10 de noviembre de 2012
Aniversarios (Relato)
Cuatro años que ahora te preguntas si fueron reales. Bueno, te diría que no debes dudar de lo que hayas vivido, aunque ciertamente para ella esos cuatro años han conformado una realidad con matices distintos a la tuya.
Un par de semanas después de romper te has enterado de que tu pareja, con la que ya habías cumplido cuatro años, ha vuelto con el que era su ex en el momento en que empezasteis (ahora tú eres el ex y el concepto se enturbia). Al mismo tiempo te llegan rumores, dicen que dice, de que ella nunca llegó a quitárselo de la cabeza mientras estabais juntos. Esto te lo cuenta algún amigo tuyo que conoce a algunas amigas suyas, las mismas que se autoproclamaban tus amigas y nunca te avisaron de que se cernían nubes de tormenta en lo que parecía una infinita comida campestre en un día soleado.
Un observador externo, e incluso algún amigo optimista por convicción, te diría que, a pesar de lo sucedido, te quedases con los buenos momentos, que en cuatro años debieron ser muchos. Objetivamente, no podías haber hecho nada para cambiar las cosas (terapia de electroshocks para que perdiese parte de su memoria). Además, ella sabrá lo que se pierde y dónde se mete (las personas no cambian y lo que fue un problema seguirá siéndolo), pero eso ya no es algo de lo que debas preocuparte.
Sin embargo tienes esa sensación de tiempo perdido y de engañado como un chino. No te voy a mentir, creo que yo también la tendría. Podríamos llamarlo "Síndrome del Show de Truman": ella poco menos que actuaba y tu eras poco más que un pardillo. Eso es injusto. No serías el primero que abre el sobre para comprobar que las estampitas no son más que recortes de periódico. Aunque como todos los profesores del mundo han dicho alguna vez, si copias en un examen te estás engañando a ti mismo (y en este caso, ella habría conseguido tu aprobado durante cuatro años).
Ahora es el momento de remodelar y redecorar: tirar abajo tabiques para recuperar todo ese espacio que antes tenías y, de paso, deshacerte de esos muebles que no te llegaron a gustar y cambiar ese color de las paredes que aprendiste a soportar.
Sí, tendrás esos momentos en los que te regodearas en tu tristeza mirando absorto la lluvia caer los días nublados y plomizos, grises como ese sentimiento aislado y autosuficiente que notas crecer y que, llegado el momento, implosionará y desaparecerá sin dejar rastro. Pero no serán más que clichés de películas románticas, asunciones adquiridas muy alejadas de lo que sería una sana lógica sentimental.
¿No quieres que sigamos juntos? No malgastaré energía pensando en ello. Adiós. Que te den.
Saludos
Un par de semanas después de romper te has enterado de que tu pareja, con la que ya habías cumplido cuatro años, ha vuelto con el que era su ex en el momento en que empezasteis (ahora tú eres el ex y el concepto se enturbia). Al mismo tiempo te llegan rumores, dicen que dice, de que ella nunca llegó a quitárselo de la cabeza mientras estabais juntos. Esto te lo cuenta algún amigo tuyo que conoce a algunas amigas suyas, las mismas que se autoproclamaban tus amigas y nunca te avisaron de que se cernían nubes de tormenta en lo que parecía una infinita comida campestre en un día soleado.
Un observador externo, e incluso algún amigo optimista por convicción, te diría que, a pesar de lo sucedido, te quedases con los buenos momentos, que en cuatro años debieron ser muchos. Objetivamente, no podías haber hecho nada para cambiar las cosas (terapia de electroshocks para que perdiese parte de su memoria). Además, ella sabrá lo que se pierde y dónde se mete (las personas no cambian y lo que fue un problema seguirá siéndolo), pero eso ya no es algo de lo que debas preocuparte.
Sin embargo tienes esa sensación de tiempo perdido y de engañado como un chino. No te voy a mentir, creo que yo también la tendría. Podríamos llamarlo "Síndrome del Show de Truman": ella poco menos que actuaba y tu eras poco más que un pardillo. Eso es injusto. No serías el primero que abre el sobre para comprobar que las estampitas no son más que recortes de periódico. Aunque como todos los profesores del mundo han dicho alguna vez, si copias en un examen te estás engañando a ti mismo (y en este caso, ella habría conseguido tu aprobado durante cuatro años).
Ahora es el momento de remodelar y redecorar: tirar abajo tabiques para recuperar todo ese espacio que antes tenías y, de paso, deshacerte de esos muebles que no te llegaron a gustar y cambiar ese color de las paredes que aprendiste a soportar.
Sí, tendrás esos momentos en los que te regodearas en tu tristeza mirando absorto la lluvia caer los días nublados y plomizos, grises como ese sentimiento aislado y autosuficiente que notas crecer y que, llegado el momento, implosionará y desaparecerá sin dejar rastro. Pero no serán más que clichés de películas románticas, asunciones adquiridas muy alejadas de lo que sería una sana lógica sentimental.
¿No quieres que sigamos juntos? No malgastaré energía pensando en ello. Adiós. Que te den.
Saludos
lunes, 5 de noviembre de 2012
Oración 9
Como si ya lo hubiese escrito todo y hacerlo otra vez sobre ti fuese algo novedoso.
Paro y riego los cactus que tengo junto a la pantalla del ordenador, esos que sólo recuerdo regar cuando escribo. Aunque no siempre sea sobre ti.
Cuando pienso detenidamente en ello, no encuentro razones por las que puse tanta ilusión y esperanza en tu persona. O quizá sí las encuentro pero evito pensar en ellas para no caer en la desilusión.
Algunos van a su avío, intentando amoldar las posibilidades del grupo a sus necesidades personales. Cuando lo vea a kilómetros de distancia no querré que me calienten la cabeza. Lo digo desde ahora.
Eso no quiere decir que no vaya a hacer todo lo posible. Pero insisto: no querré que me calienten la cabeza.
Todavía no hemos hablado de tu felicidad recientemente adquirida. Tengo que mentalizarme para una larga conversación.
Aun no he decidido si pasar desapercibido o hacer algo escandalosamente notorio.
Canciones que se caen a diario, como pelos de la cabeza. Malas decisiones en cosas irrelevantes.
Suicidas temerosos de morir que se cortan las venas de las muñecas transversalmente en vez de longitudinalmente.
Una cartera vacía sería suficiente para remunerar tu trabajo. Resultaría divertido que alguien se ofendiera por esto.
Nunca has estado perdido si no ibas a ningún lado, simplemente deambulabas.
De materia personal a generalidades. Oh God, my brain is racing.
Unas últimas palabras para ti: me iré; y volveré; y todo volverá a ser como es ahora. O no.
Saludos
Paro y riego los cactus que tengo junto a la pantalla del ordenador, esos que sólo recuerdo regar cuando escribo. Aunque no siempre sea sobre ti.
Cuando pienso detenidamente en ello, no encuentro razones por las que puse tanta ilusión y esperanza en tu persona. O quizá sí las encuentro pero evito pensar en ellas para no caer en la desilusión.
Algunos van a su avío, intentando amoldar las posibilidades del grupo a sus necesidades personales. Cuando lo vea a kilómetros de distancia no querré que me calienten la cabeza. Lo digo desde ahora.
Eso no quiere decir que no vaya a hacer todo lo posible. Pero insisto: no querré que me calienten la cabeza.
Todavía no hemos hablado de tu felicidad recientemente adquirida. Tengo que mentalizarme para una larga conversación.
Aun no he decidido si pasar desapercibido o hacer algo escandalosamente notorio.
Canciones que se caen a diario, como pelos de la cabeza. Malas decisiones en cosas irrelevantes.
Suicidas temerosos de morir que se cortan las venas de las muñecas transversalmente en vez de longitudinalmente.
Una cartera vacía sería suficiente para remunerar tu trabajo. Resultaría divertido que alguien se ofendiera por esto.
Nunca has estado perdido si no ibas a ningún lado, simplemente deambulabas.
De materia personal a generalidades. Oh God, my brain is racing.
Unas últimas palabras para ti: me iré; y volveré; y todo volverá a ser como es ahora. O no.
Saludos
Referencias:
cactus,
canciones,
cartera,
desapercibido,
Eminem,
felicidad,
generalidades,
kilometros,
oracion,
suicidas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)